“El swing noctámbulo”

Autor: Ada Nuño Barrau

Prácticamente parecía que Mario vivía sólo. Los domingos la depresiva de su madre nunca estaba en casa, y Enzo y yo aprovechábamos para ir a comer con él. Aquel invierno había sido particularmente lluvioso, así que decidíamos quedarnos siempre en casa. Él preparaba espaguetis mientras la lluvia caía sobre las tuberías y las enredaderas que había afuera. Había sido el año de los espaguetis, enciende la olla, hierve el agua, escúrrelos, no me puedo creer que no sepas hacer unos simples espaguetis ¿qué podemos ponerles hoy? Después nos sentábamos en el sofá a charlar mientras comíamos, a jugar a la consola como si fuéramos tres adolescentes hormonados, vimos todas las reposiciones grabadas de ese fantástico programa que se llamaba What’s my line que hizo que me enamorase sin remedio de Yul Brynner y nos aprendimos los diálogos de I love Lucy, aquella sitcom tan famosa. Los domingos eran el día más perdido de toda la semana, pensábamos que si hubiésemos pasado del sábado al lunes sin darnos cuenta no habríamos aprovechado menos el tiempo de lo que lo hacíamos en casa de Mario. Me sentía sola, como si fuera la única persona en el mundo, cuando después volvía a casa. Todos los hombres estaban llenos de paraguas. Pensaba ¿qué estoy haciendo con mi vida, dónde debería ir?Dialogaba en mi cabeza entre parada y parada de metro, un diálogo digno de Molly Bloom, y no hallaba respuesta, me encogía de hombros imaginariamente y me decía, bueno, al menos cuando pase el tiempo y vea estas cosas en perspectiva, recordaré estos domingos en casa de Mario con una melancolía amarga, sensación de recuperar el tiempo perdido. Porque yo siempre pensaba en el pasado de cara al futuro, en lugar de pensar en el presente. Nada de le vierge le vivace et le bel aujourd’hui, yo quería atesorar el piadoso pasado. Y supongo que a fuerza de quererlo así, al final lo he conseguido, porque como un velo cubriendo mi mente todo el pasado se me presenta de una forma dulcemente nostálgica, y especialmente aquellos días lluviosos y perdidos, que ya no volverán, en casa de mi amigo.

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Alfred B.

Autor: Paula Díaz Altozano

El estudiante Alfred B. miraba taciturno por la ventanilla del tren. En realidad no veía nada: los grises edificios pasaban de largo, confundiéndose con el cielo algo nublado, donde el sol se adivinaba como un punto blanco difuminado. Miró su reloj: faltaban diez minutos para que empezaran las clases y era improbable que llegara a tiempo; se había despertado demasiado tarde, algo que últimamente le ocurría a menudo.

Lo cierto era que a Alfred le interesaba muy poco ir a la Universidad. Estudiaba Ciencias Políticas y pensaba que cualquier otra ocupación sería de mayor provecho para él. Las clases, en su opinión, eran absurdas. Ahora, cuando llegase, tendría que aguantar a B. y a C. en un debate sobre derecho económico, y aparentar estar interesado en el tema, lo que le resultaba insoportable.

Alfred miró el libro que tenía en las manos, pero no le apetecía leer. Al ver el nombre del autor en la portada, sintió ganas de hablar con él. Pensaba que si hubieran vivido en la misma época y hubiesen tenido ocasión de conocerse, seguro que habrían sido buenos amigos. En estas cavilaciones, Alfred empezó a escuchar la conversación de dos estudiantes que viajaban en su vagón; los conocía de vista, pues eran de su mismo curso, aunque estaban en clases diferentes. Uno de ellos hablaba muy animado sobre el trabajo que había conseguido: redactor en la sección política de un periódico local a tiempo parcial. Con gran entusiasmo, contaba que todas las mañanas durante cinco horas, se dedicaba a escribir notas de prensa en el ordenador, a partir de documentos que le mandaba el redactor jefe; y que era un trabajo bastante fácil, porque, aunque no supieras mucho de un tema específico, con aprender algunas “palabras clave”, bastaba. Además, ni siquiera tenía que firmar lo que escribía. El otro estudiante comentaba que conseguir una ocupación así era un gran paso, y que lo más importante era eso: meter la cabeza, aun cuando el puesto fuese de poca importancia, para luego ir escalando.

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El daño de la pistola

Autor: Edward Mack

El día en que encontramos la pistola hacía un calor sofocante. Era uno de esos días en los que no deseas hacer nada más que descansar a la sombra de un árbol o estar con los pies colgando a la orilla de un arroyo.

El día en que encontramos la pistola, mi madre estaba trabajando en la cocina con las luces apagadas y el ventilador encendido. Sabía que estábamos por el río, pero no le dio mucha importancia. En realidad no había ni un solo día en que Julio y yo no fuéramos al río.

Un día volvimos a casa completamente cubiertos de lodo, de la cabeza a los pies. Otro día, me caí de un árbol y volví con una brecha profunda que iba desde la cadera al hombro. Cada día, era una historia.

Y ese día, la pistola.

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Ahora

Autor: Iván Caballero Rodríguez


Según me dijeron, todo comenzó un martes. No es que desde este suceso me gusten más los martes y todas mis historias acontezcan en este anodino día de la semana, sino que objetivamente ocurrió así.

Caminaba yo aquel día entre los naranjos del pueblo que ―según me cuentan― visitaba, cuando una paloma defecó encima de un niño. El niño, de tez blanca y cabellos rojos, emitió un profundo grito que llegó a los oídos de su padre, un fornido granjero que en esos momentos transportaba junto con su otro hijo toneladas de naranjas en un antiguo camión. A menudo las apariencias engañan, y aunque ese granjero tuviera un aspecto tosco y agresivo se trataba de un hombre sensible y entregado, que acudió rápidamente al grito de socorro de su pequeño. Abandonó él camión aún en marcha, justo cuando se dirigía al sendero por el que yo paseaba. El otro hijo, de no más de diez años (con cabello castaño y no pelirrojo) tomó el mando del vehículo, sin desviarlo mucho de la ruta que estaba siguiendo su padre.

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