Silencio

Autor: María José García López

“Hace días que la única luz que veo es la que se cuela entre los gruesos barrotes de una minúscula ventana. Creen que teniéndome aquí encerrado van a conseguir que me arrepienta de lo que he hecho, pero no. Eso nunca, ¡jamás!

Sin embargo, Rubén…

Dormita en una esquina y sé que con solo alargar la mano podría acariciarlo, pero me conformo con mirarlo mientras pienso que él no resistirá esta situación por mucho más tiempo: su férreo hermetismo y su frialdad cada vez más creciente hacia mí son lo único que hacen que reconsidere mi actuación. Pero después de unos pocos segundos, acude rauda la duda para volver a ocupar su legítimo puesto.

¿Podría haber actuado de otra forma? Tal vez, pero si así fuere, no estaría aquí cuestionándomelo, pues estaría muerto. Si la hubiese mirado a los ojos, si hubiese escuchado sus súplicas, si hubiese sentido sus lágrimas en mi piel, si hubiese…

Silencio, se acercan unos pasos.

Se alejan.

He perdido la cuenta del tiempo que llevamos aquí, pero nuestros estómagos no; sin embargo, lo que más me preocupa es mi hijo, ese desapego hacia mí. Pero era eso o morir, aunque después de la Guerra la muerte aparece en cada esquina: silenciosa y lenta, pero imparable.

Una, dos, tres, cuatro, cinco y seis; una, dos, tres, cuatro, cinco y seis; una, dos, tres, cuatro, cinco y seis baldosas en el suelo; no hay más, nada más.

En ese momento, Rubén se despierta, pero apenas se mueve.

-Hola, chiquitín. ¿Cómo te encuentras?

Silencio.

Otra vez, silencio.

Jamás tendría que haberme visto matando a su madre, pero era ella o yo. ¿Por qué había empezado a reunirse con esa gente a la que no conocía de nada? ¿Por qué ese intento en vano de cambiar mis ideales? ¿Por qué tuvo que pregonar a los cuatro vientos que yo era comunista? No tendría que haberlo insinuado siquiera. La mataría una y mil veces más, se lo merece; pero eso no puede entenderlo un niño de nueve años, tan pequeño, tan inocente…

Silencio.

Pasos de nuevo. Esta vez, la puerta se abre.

Entra un hombre, pero la habitación está en penumbra y no logro distinguirlo con claridad. De una manera bastante ruda, coge al niño como si de un saco se tratase. Pero no es eso lo que más me duele. Rubén no se resiste, ni un pataleo. ¿Tan débil está por la falta de alimento y agua que no tiene alientos a hacer siquiera un amago de rebelión? ¿O es que en realidad lleva esperando este momento todo estos días de cautiverio y verse alejado de mí le produce alivio e incluso (¿Por qué no?) placer? Estos pensamientos aparecen atropelladamente en mi cabeza mientras se lleva a mi hijo. Estando ya en el marco de la puerta, vuelvo a la realidad y le pregunto que qué está haciendo, que porqué se lleva a mi hijo y adónde. Es en ese momento, cuando retrocede sobre sus pasos y me propina un puntapié en la boca del estómago, acallando mis quejas y haciendo que me retuerza en el suelo del dolor. Boqueado, sigo insistiendo e increpando; pero se aleja y cierra la puerta tras de sí.

Otra vez el silencio, otra vez…

-¿Abuelito, qué lees?

-Nada cariño, una cosa antigua.

-Dia-rio de Fer-nan-do Ro-drí-guez. ¿Quién es?

-Es el papá del abuelo, cielo. Murió en la guerra, ¿verdad, papá?

-Sí, en la guerra.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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