Pánico y nostalgia en Moscú

Autor: Gemma García Arribas

Los párpados me pesaban pero mis pupilas seguían clavadas en la imitación de la alfombra de kazak que colgaba del techo. Levanté el brazo sin alzar la vista y tanteando con la mano logré alcanzar el despertador. Eran cerca de las ocho de la mañana. Decidí que era buena hora para dejar de intentar dormir. Me levanté, me puse frente a la ventana y corrí las cortinas. Por un instante me quedé observando mi famélico reflejo, el estado habitual de mi tez pálida, contrastada por las ojeras y por mi pelo tizón desgreñado. Cogí una foto de la mesilla en la que salía con mis padres y la comparé, con temor de volver a verme reflejada, con la imagen que me devolvía el cristal.

Me acerqué dos pasos más para lograr ver el paisaje, entendido no en un aspecto artístico -no había nada que admirar-, sino como una porción de terreno lúgubre y prácticamente desolado. Las farolas de la calle que todavía continuaban en pie seguían una dirección lineal, desprendiendo una luz tenue que anunciaba el final de la noche. Estas estaban repletas de carteles y láminas con sinogramas en kanji acompañadas por una imagen de unos soldados asiáticos sonrientes. Ellos se llamaban a sí mismos “los salvadores”, probablemente el mensaje fuera algo similar. Los escombros, unos sobre otros, ocupaban gran parte de la calle.

El edificio de enfrente, separado por una estrecha carretera de asfalto, había cedido semanas atrás, dejando al descubierto un bloque de pisos semiderruido que se encontraba oculto tras este antes del incidente. Bajando un poco la mirada en uno de los segundos pisos se podía ver a una mujer tapando los huecos de las ventanas con papel film de la marca “つ星ホテル”, “Estrella” (quedando explícita en los bordes de este) poniendo varias capas y pegándolas con esparadrapo. Al parecer esos japoneses ya no solo tenían afán por el poder político y militar. Unos niños no mayores de ocho años de pelo revuelto y ropas rotas correteaban cerca del bloque pateando una lata de refresco, sin embargo, no lograba ver de qué bebida se trataba.

Abstraída en la lata que los niños iban desplazando de un lugar a otro recordaba Brooklyn Heights, no por el eco del sonido de los botes al ser pateados o los llantos ocasionales de algún vecino por el hambre y el frío. Tampoco por la tonalidad grisácea de los edificios que rodeaban al mío, sino por el parque -ahora desierto-  de escasa amplitud que se situaba en el extremo de la calle, en cuyo centro había un abedul, encuadrado por unas baldas de madera. En la zona superior separada por el árbol se encontraba parte de un caño que tiempo atrás soportaba un par de columpios. Este ahora estaba destrozado por la mitad. En la zona inferior había un tobogán y un balancín. Su estabilidad tan solo se había visto afectada por el viento. Mi vista se volvió hacia el bar que hacía esquina en el otro extremo de la calle. También conseguía recordarme a la zona de Brooklyn. Las luces de neón siempre parpadeantes del letrero ya hacía tiempo que no se percibían. Aunque noches atrás la lucidez de “Корица вар”, “Bar Canela”, conseguía cegar. Frecuentado por optimistas desmoralizados, borrachos petulantes a últimas horas de la madrugada. En ese momento el dueño del local acompañado de un particular cliente de abundante barba y corpulenta estructura abrió la verja para dejar salir a este. Sin despedirse del cliente miró hacia los lados y volvió a cerrarla. No llegados a la esquina los tambaleos del hombre, una arcada acompañada de vómito lo paró. Esquivándola siguió caminando.

A veces, cuando deambulaba por las callejuelas de los alrededores antes del toque de queda como individua aislada, reclusa de una tierra que no era mía, numerosos olores, algunos pestilentes y nauseabundos, y edificaciones, algunas incompletas, conseguían devolverme con nostalgia al tibio lugar donde nací. Brooklyn Heights, lugar muy apacible hasta que republicanos y demócratas lo tomaron por campo de batalla. Por ese entonces, ya hacía meses que habían sobrepasado el frente de Washington avanzando en dirección a Filadelfia. Todavía recuerdo la residencia que se encontraba a un par de kilómetros de casa, caracterizada hace trece años, cuando tan solo era una niña, por su gran cartel de gres colgado en la puerta principal: “Día internacional de las personas de edad. 01-10-2011”, -imagino que cedido por el ayuntamiento-, dos años más tarde por la detonación que la condujo al derribo, llevándose doscientas vidas por delante. La iglesia se encontraba al lateral con el campanario destrozado. El ruido de los fusiles, los estampidos y gritos fueron haciendo la situación cada vez más insostenible. En esas circunstancias intentamos no desalentarnos, solo mostrar en nuestro rostro ausencia de tristeza y pasar desapercibidos a la furia de los combatientes. Pero cuando acabó la guerra civil, ¿quién podía tan solo sobrevivir allí? Dejé a mi familia por un lugar donde el principal y único enemigo era el frío. De esa manera podía buscar trabajo y mandarles algo de dinero. Sin embargo, todavía no era consciente de que eso solo había sido el principio, que la primera ficha que controlaba a las restantes había caído ejerciendo un efecto dominó y una reordenación sobre el resto y que América se había convertido en el centro de miradas de buitres carroñeros. A los tres años Rusia acabó por convertirse en la nueva Francia de 1940.

Visto que nada había cambiado cerré las cortinas y volví a tumbarme de nuevo en la cama. Para una estancia de previsión breve escogí un piso de poca holgura aislado del centro. Una mesa cuadriforme de madera de no más de un metro, en la que únicamente se posaba un cenicero rebosante de colillas, y un sofá despeluchado hacían del comedor una sala sin cabida para un mueble más. Una barra ejercía la función de separador entre el salón y la cocina -llena de cacharros-, reduciendo visualmente ambos espacios. Al final de un estrecho pasillo a la derecha de la cocina, el cual se aunaba al salón, se situaba la puerta principal y al lateral el cuarto de baño. Tan solo la puerta del dormitorio daba directamente al comedor.

Un estruendo hizo palpitar el interior de la casa. Al segundo un incesante alboroto se advertía en el exterior. Corrí hacia la cocina y abrí la ventana. Desconsiderado, un gato negro que debió de colarse por la escalera de emergencia del exterior del bloque entró. En la calle una docena de soldados japoneses vociferaban frenéticos entre ellos, pero más que una discusión parecían atemorizados. Otro estallido me hizo dar la espalda a la ventana. El sonido ya no provenía de ahí. Me acerqué, esta vez más despacio, a la ventana del dormitorio. Mis ojos no daban crédito. El Bar Canela ya no existía, tan solo sus restos amontonados. Otro estallido. Con lo puesto, cegada por el pánico salí corriendo de casa. Bajando las escaleras una chica se me cruzó en el rellano adelantándose. Ya le había perdido la pista al salir del portal. Miré hacia los lados y ahí estaba, dirigiéndose hacia el parque. Corrí todo lo que mis piernas me permitieron hasta casi lograr alcanzarla.

-¡Qué está pasando!- Grité sin parar de perseguirla. La chica continuó corriendo sin prestarme atención.

En ese instante me detuve y di media vuelta. Una densa humareda se encontraba concentrada hasta mitad de la calle. Otro estallido. Corrí de nuevo en la misma dirección pero llevados pocos pasos caí al suelo.

-¡Ah, joder!- Tras escuchar mi queja la muchacha se volvió y vino corriendo hacia mí. Al contemplar mi pie ensangrentado me cogió del brazo y me levantó.

Otro estallido.

Apoyándome en ella, descansando el talón en cada paso conseguimos doblar la esquina. Medias cabezas curiosas y horrorizadas observaban desde las ventanas. Algún llanto estremecedor de recién nacido se entremezclaba con los ladridos de los perros, ensordecidos por los muros de las casas. Seguimos avanzando, quizás dos manzanas más. Paramos frente a una casa aparentemente antigua. Su puerta de madera arqueada y de grandes dimensiones lucía una cerradura sobresaliente en forma de cabeza de licántropo, provista de una ranura en el interior de su boca.

-¡Ethan!, ¡Ethan!, ¡Abre!- la chica comenzó a aporrear la puerta.

-¿Eres americana?-dije con extrañeza.

La puerta se abrió dejando ver a un chico cabizbajo de expresión tímida. Su media melena rizada le tapaba parte de la cara, ocultando así una de sus lentes. Alzó la mirada sin levantar la cabeza y la dirigió hacia mí.

-¿Quién es ella?

-Es amiga, Ethan, no te preocupes. Está herida. Trae un trapo y agua.- Ethan me examinó de pies (percatándose del cristal que atravesaba el tajo) a cabeza sin mostrar gran convicción.

Otro estallido.

-Entrad- dijo él apresurándonos. Atravesamos el zaguán hasta llegar a una sala delimitada por cuatro estanterías repletas de libros.

-Meteos en el sótano, voy a buscar eso.- Ethan se desvió hacia la entrada paralela.

La chica movió la mesa situada en el centro de la sala y levantó parte de la alfombra dejando al descubierto una trampilla. La abrió invitándome a pasar. Sujetándome a la barandilla logré bajar hasta el sotano, constituido tan solo por tres armarios y un sillón. Cojeé hasta dejarme caer en él.

-Denna- me estrechó la mano- Mi madre era la norteamericana. Ethan también lo es, lo conocí en la escuela.

-Anna. ¿Qué ha pasado ahí fuera?

-Chinos.

-¿Chinos?

-Creemos que los chinos han entrado en el juego. Aunque te parezca de locos – Denna comenzó a rebuscar por los armarios- quizás sean parte de nuestra salvación. Estados Unidos ha salido a flote hace poco, si no tiene apoyos se arriesga mucho, ¿entiendes? Esto es un todos contra todos, Anna.

La puerta de la trampilla se abrió. Ethan bajaba con una toalla y una botella de agua. Se arrodilló ante mí dejando las cosas en el suelo.

-Vale, voy a quitarte el cristal y voy a intentar hacerlo despacio.

-No, hazlo deprisa, todo lo deprisa que puedas.

Ethan suspiró. Yo cerré los ojos. Un grito emanó de mis cuerdas vocales mientras dos lágrimas recorrían mis mejillas. Echó agua a la herida y me envolvió el pie con la toalla.

-¡Aquí están!- Denna me alcanzó unos cuantos periódicos- Son ingleses. Ethan los ha ido consiguiendo por un colega de confianza.

Diversos titulares rellenaban las portadas de diarios, unos de hace solo un par de años, otros de hasta cuatro: “Finlandia, la última conquista de mercado de Japón”, “Japón toma Moscú” “La ONU amenaza con intervenir en caso de sospecha de utilización de armamaneto nuclear”, “China apoya a Estados Unidos”, “La UE plantea organizar un plan económico para ayudar a Estados Unidos”.

Sienta bien leer algo que no sea propaganda, ¿verdad?- apuntó Ethan.

Quedé absorta al leer uno de los títulos:

“Se supera la cifra de muertos que dejó la Segunda Guerra Mundial con el ataque de Rusia a Estados Unidos.”

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