Neurosis noógena

Autor: Sonia Tello Estévez

–En esta sala vive Suicidio, pero apenas la ocupa. Dice que el color de las paredes le recuerda al de un niño carbonizado. No sabe controlar sus tendencias, pero, evidentemente, en tanto que es Suicidio, no puede hacer otra cosa que aneuronarse en ese estado constante de querer abandonar todo cuanto es. Me resulta patético, la verdad –Razón cerró la puerta con suavidad y no pudo evitar dirigir una mirada tosca a su inesperado visitante.

– ¿Alguna vez te has parado a escuchar lo que tiene que decirte sin juzgarle? Te puedo asegurar que su ceguera no es mayor que la tuya –ambos conceptos de naturaleza corpórea avanzaron hasta una nueva estancia circular, de grandes dimensiones, con bóvedas salvajes y paredes nacaradas, con decenas de arcos apuntados en los extremos que revelaban un laberinto intrincado de cámaras que se conectaban entre sí como gusanos recién alimentados. En el centro, como único elemento transgresor de la armonía, un cuadro octogonal de altura y anchura sobrenaturales en proporción y, dando sentido al marco, el retrato de una muchacha que esgrimía una sonrisa colgada entre la carcajada y la timidez más ingenua, que se repetía en todas las caras de la figura geométrica resultante.

–Y este es nuestra ágora. Y, bueno, supongo que a ella ya la conoces –su interlocutor se acercó lentamente al cuadro con la mano extendida. Sus dedos rozaron temblorosos el tapiz, los retiró bruscamente.

–Tenéis su foto en el núcleo para recreación propia, pero ¿qué sentido tiene estando tú aquí?

–Como Inconsciente no tienes ningún derecho a plantearme esa pregunta con un tono de ironía hiriente. Te recuerdo que tú eres en tanto que yo soy y yo soy en tanto que tú permaneces oculto en los sótanos de este lugar. Mi cometido es anularte y eso hago. Tu voz debe ser silenciada por el bien común. Deberías estarme agradecido por permitir que nos visites a mí a y al resto de mis esencias mientras la Gran Fuerza no fluye.

– ¿Por qué lo llamáis Gran Fuerza?

–Porque nos obliga a ser en tanto que no queremos ser, es superior a nosotros. Al principio, pensaba que tú eras el responsable. El destierro que tu naturaleza implica me llevó a la conclusión de que no contabas con recursos suficientes como para manejar a todas las esencias; no eres más que una alimaña del bosque.

–Mide tus palabras, que yo sepa Soberbia no está aquí.

–No es necesario que esté próximo para crear influencia sobre mí. Que yo sepa Ignorancia tampoco está aquí, así que controla tus brotes. El Inconsciente siendo Impulsivo…Qué poco original.

– ¿Cómo sabéis cuándo fluye la Fuerza?

–Ella, bueno, ellas –dijo señalando el cuadro– empiezan a moverse, cada una adopta una pose, una mirada, pronuncia unas palabras u otras, se desnudan, gimen…Según lo que ella haga o diga, vienen unas u otras esencias, pero Anhelo, Deseo, Frustración y Miedo siempre están aquí. Las otras esencias estamos cansadas de sentirnos invadidas por su constante fluir, no nos permiten desempeñar nuestro papel. Odio su debilidad –hizo una pausa–. Deberías irte ya porque…

-¿Qué hace él aquí? –Miedo llegó hasta ellos a zancadas –. No quiero más oscuridad en esta sala. Bastante haces con existir.

–Vaya, me alegro de verte. Me has estado reprimiendo durante mucho tiempo y lo seguirás haciendo para el resto de tu ciclo. Primero el miedo a perder a nuestra madre, el miedo a crecer, el miedo a tu deseo sexual, el miedo a rebelarte, el miedo a lo que te rodea, el miedo al futuro, el miedo a tu propio miedo…Miedo, miedo y más miedo escurriéndose entre las entrañas, entrañas que ni siquiera podemos tocar, solo su dulce resonar contra nuestros huesos intangibles nos invita a saber lo que podemos olvidar; violemos a la esencia, cortejemos su eje viral y abracemos a las balas que nos vienen a dar. ¡Oh, por Retrato! ¡Ya está otra vez Poesía haciendo de las suyas! A todo esto, ¿dónde anda?

–Supongo que…Sí, ahí, en el fondo norte de la sala. Es experto en camuflarse entre las esencias, tanto que, a veces, aunque esté delante, no lo ves. Desde hace unos ciclos está empeñado en que, al otro lado de ese espejo, hay una esencia o algo parecido observándonos; no hace más que escribir poemas sobre el poder absolutista, el espionaje y el psicoanálisis. ¡Una esencia escribiendo sobre el psicoanálisis! ¡Qué disparate!

Decenas y decenas de esencias circulaban por el ágora. Cuando pasaban delante del cuadro, todas le dedicaban una mirada; primero apremiante, finalmente apagada. Se apartaban de él con una mueca insulsa. Cada esencia contaba con el mismo envase corpóreo: un ser humano, una joven.

Inconsciente se acercó a Poesía, para ella siempre había supuesto una fuente de inspiración: lo inconsciente, lo más desconocido de ellos mismos, carne fresca para un poeta. Suicidio y Filosofía cerraban el círculo.

– ¿Qué tramas, Poesía mía?

– ¿Has sentido la Duda y el Miedo atenazando mi esencia, no es así? Estas paredes de hueso ya no son barrera alguna para mi Ansia, mi Imperfección manifiesta compone la melodía perfecta del melómano sordo, el lienzo majestuoso del pintor manco, la poesía inherente a los ojos más ciegos, la balanza de arena que escupe fuego. Suicidio estaba sentado ahí hace dos mini ciclos, me ha revelado pensamientos tan terroríficos que mi pluma se ha congelado. Su esencia se apaga, querido Inconsciente, y temo que mi Poesía renacerá más fuerte con su muerte porque él es en tanto que mis deseos de escribir me desgarran como látigos de hierro. Suicidio te conoce mejor que yo. La ponzoña le gobierna, él se la traga, yo la escupo en forma de letras. No hay sentido posible en que compartamos preocupaciones, pues los dos somos la misma esencia interconectada, que se fluye a sí misma y se sobrevuela al tiempo. Te podría besar y seguir sintiendo el beso una vez separados. ¡Oh, sentimiento, ven a mí con tu manjar sediento, con tu agua hambrienta! Desvélame el más allá… -calló de repente y clavó su mirada en su compañera.

– ¿Suicidio no aguantará, verdad?

–Oye voces, voces que le hablan sobre dos mundos que no conocemos, sobre una fuerza que transciende lo estipulado por el modo de esenciarnos que tenemos. Las palabras, el conocimiento, la vida del envase que representamos nos vinieron dadas; no nos preguntamos si existe una esencia esencial diferente a esta –señaló la inmensa sala– porque hasta ahora nadie se había planteado tal incógnita, pero Suicidio, sin desearlo, está provocando que el resto de esencias también se lo pregunte. La mayor desventaja que de nuestra interconexión se nos podía presentar.

– ¿Y qué podemos hacer?

–La respuesta a esa pregunta también está en ti. Como Inconsciente no deberías pecar de ser tu propia esencia en detrimento de ti mismo, tu cometido es provocarnos la duda al resto y que esa duda te revierta solo para que crees otra mayor. Por eso te adoro, porque me obligas a que mis ansias creativas nunca mueran; si mueren ellas, muero yo. Me salvas la vida a cada ciclo.

– ¿Pero quién me la salva a mí?

–Hablamos de la vida como si pudiésemos explicarla con otras palabras que no sean las nuestras. El sistema siendo definido por el sistema; las paradojas son más crueles que Crueldad. El otro ciclo, una de esas voces, le habló a Suicidio sobre la lucidez. Nunca le había visto tan espantado de sí misma.

– ¿Lucidez? ¿Qué es eso?

–La voz se lo explicó, pero Suicidio no logró entender nada, solamente acertó a sentir una oleada de terror que nos obligó a todos a quitar la mirada del cuadro, se estaba desnudando, ¿sabes? –sonrió con picardía mientras volvía la mirada al cuadro y asentía satisfecha-. Aún así, el torrente que nos embargó fue tan irrefrenable que todo perdió esencia durante unos mini ciclos. Suicidio no puede estar delante del espejo durante mucho tiempo, sospecha lo mismo que yo, pero con una intensidad desconocida para mí.

– ¿Y qué sucede si Suicidio se abandona definitivamente a su esencia?

–Esa es la mayor incógnita de todas, pero porque Miedo no quiere contestarla. En el fondo, todos sabemos la respuesta. Y ella -volvió a mirar los retratos- se resquebraja, pierde nitidez. Pasión y Deseo se cansan de luchar contra Miedo y Frustración, y eso le da más poder a Suicidio. Filosofía se abriga en mí y yo en ella, Suicidio en los dos. Y temo que esta vez el cuadro se haga añicos; la otra vez sólo estuvo oscuro durante varios ciclos, pero esta vez, esta vez es diferente. No he visto a Amor en ciclos y ciclos y ciclos…Bueno, qué te voy a contar -emitió una carcajada seca.

No había terminado de soltar todo el aire cuando un grito desgarrador inundó el lugar. Suicidio invadió la sala a trompicones, se golpeaba la cabeza con brusquedad mientras no cesaba de repetir: “Ha muerto para mí. ¿Cuál era su esencia? Lucidez, lucidez, lucidez, lucidez, lucidez…”. Comenzó a dar vueltas en torno al cuadro a un ritmo frenético. La joven que vivía en él cayó a un abismo, el tapiz se tornó negro. Poeta e Inconsciente se levantaron rápidamente, pero no pudieron dar ni un solo paso; Suicidio invadía toda su esencia, los paralizaba, a ellas y a sus compañeros. Los distintos marcos se estamparon contra el suelo; el ruido ensordecedor apenas les hizo inmutarse. Las paredes de hueso se rajaron, las astillas saltaron como palomitas diabólicas. Suicidio continuaba maldiciendo y moviéndose. Cruzó la sala hasta llegar al espejo y bramó:

– ¡LUCIDEZ! –las ondas sonoras emitidas chocaron como un vendaval contra el espejo, que cedió irremediablemente.

Ante Suicidio se mostró un cuarto repleto de cables y monitores. En el suelo, un envase corpóreo como el suyo, no sabía si con esencia o no, se aferraba a un trozo de cristal que le había atravesado el pecho, la herida vomitaba sangre a borbotones. Al fondo, dos grandes globos transparentes dejaban entrever ¿una pared blanca? ¿Hueso quizá? Se asomó, vio un brazo, un trozo de papel y una…

Sintió un dolor lacerante en el pecho. Volvió a mirar a través de los globos. Una mano sujetaba una pluma que escribía sobre el papel con una rabia oscura y una fuerza que terminó quebrándolo. Gritó de nuevo, una brecha se abrió en su caja torácica e irradió un halo de luz negra.

– ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? –preguntó atropelladamente al envase sangrante.

–Yo…Yo…Soy Lucidez –gimió de dolor–. El Yo cultural os ha aplastado y yo no, yo no… Ella, ella…–señaló el brazo que se veía a través de los globos–. Sus ojos parpadean, llora tanto… –las lágrimas se deslizaban, llovía dentro y fuera–. Yo tengo la culpa, yo no quería mirar. Estaba entre dos mundos y no, no he podido…Mi esencia me ha llevado a ti, mi salvación y la suya. Morimos, Suicidio, porque así lo hemos elegido todos, ella, uno, una. No hemos logrado encontrar el sentido. La lucidez me ha aplastado –cerró los ojos y se desplomó, inerte.

Suicidio permaneció estático, con la lengua pegada al paladar y su esencia muy lejos de sí misma. Miró los ojos, esos dos grandes ventanales que le permitían ver su Yo en potencia. Atravesó uno de los globos y aterrizó sobre el papel. Levantó la mirada y se vio a sí mismo en unas dimensiones descomunales, el ojo hecho añicos, el brazo moviéndose para rasgar el papel, la pluma silbando a dos centímetros.

– ¡DETENTE! ¡ME DUELE! –el ojo bueno no reparó en él, el empeño no cesaba–. ¡MALDITA SEA! ¡PARA! ¿QUÉ…¡AAAAAAH! –la pluma gigante impactó en todo su envase hasta dejarlo ensartado en el papel.

         El Yo cultural escribió una vez más la palabra “Lucidez” antes de que su cabeza se estampase contra la mesa con un ruido sordo.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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