«La momia que cambiaba todas sus riquezas por unas tijeras que corten»

Autor: Vanesa Rodríguez Tembrás

Se había quedado dormida desde la caída del Imperio Romano hasta el crack del 29. Por entonces se escuchaban lamentos y lloros y «¿por qué, oh Dios mío, por qué?» durante todo el día. El sonido sutil de una mano aflojándose el nudo de la corbata o secándose el sudor. De vez en cuando, se sobresaltaba con un golpe seco en el suelo. Ruidos de sirenas, más gritos y un silencio vaciador de almas.

El siguiente retumbo que la sacudió de su eterno letargo fue una mañana especialmente calurosa y pegajosa de agosto. Aunque allí abajo, para bien o para mal, el concepto temporal era distinto. La inmortalidad y la oscuridad tenía esas cosas. Cuarenta y ocho horas después de la primera sacudida infernal, tuvo lugar un suceso idéntico. Las monedas y alhajas saltaron por los aires, provocando una lluvia de vanidad innecesaria. Una pequeña moneda de oro se quedó pegada en uno de los pliegues a la altura de su pecho. Se agitó en su sarcófago y la placa dorada fue resbalando con dificultad hasta el borde. Ahí se quedaría, en tierra de nadie, hasta cuarenta y cuatro años después. Pero como en aquel amanecer, de un verano especialmente húmedo, nunca había oído tal.

Su permanente cama de madera había perdido su posición paralela a la pared, en su altar central en una gran sala brillante. Con este movimiento, después de siglos viendo la misma perspectiva de la estancia, ahora casi le daba la espalda a esa visión constante que tenía de su mundo subterráneo. Ya no recordaba cuándo ni por qué había conseguido perder la tapa de su contenedor de madera decorada. «Algo gordo pasó seguro, algo gordo, ¡a lo qué hemos llegado!», se repetía en alguna de sus reflexiones. Había cosas que no habían cambiado. Hubiera preferido ver la oscuridad del interior. Las vendas estaban sudorosas y olían a podrido. «En la superficie, todo olerá peor, seguro», pensaba.

Una noche de invierno, cuarenta y cuatro años después o, lo que es lo mismo, un cierre momentáneo de los ojos perezosos e involuntario; sintió un pequeño temblor. Nada se había movido allí abajo. Pero notó como muchas almas aletargadas habían vuelto a sus cuerpos vivos. Parecía ser algo positivo para los de ahí arriba. No sería la primera vez que se trataba de un instante fugaz de esperanza truncada. El leve movimiento supuso un pequeño golpe con resonancia interna. Su corazón petrificado rebotó contra el pecho, sin emitir ningún símbolo externo. La moneda que pendía de un hilo en la frontera de madera de su lecho, finalmente decidió volver al interior del cuenco.

Para cuando consiguió agitarse lo suficiente, y devolver así su sitio a la piedra de los sentimientos, una piña del tamaño de un puño de color sangre seca, no podía sacarse de su cabeza hueca el «A mulatto, an albino, a mosquito, my libido, yeah». El estribillo rebotaba en el interior. Y esa guitarra, esos gritos. Desearía tanto salir de allí, saltar, gritar y gritar más. Saltar de nuevo. Retozar en el suelo. «Here we are now, entertain us». Drogarse con Kurt y sentir que el tiempo pasa rápido. Y que pasa sin que pase nada. Y esa es una nada tan satisfactoria. Y estás vivo. Para cuando dejó de tararear la melodía, Kurt había muerto. Tenía veintisiete años como él. Ahora ella. Qué importan los géneros cuando sólo eres vendaje sucio. El caso es que Kurt se había matado y no entendía la razón. Se sentía estúpido y contagioso. Eso ocurre cuando llevas mucho tiempo oliendo a muerte. Que se te pega. Como un mosquito con hambre.

– ¡Hey, Kurt!, ¿cómo va eso?

– Muerto.

– Y yo también. Pero, ¿qué tal te va?

– No sé, bien, supongo, muerto.

– ¿No lo sabes?

– No. Esto es nuevo.

– ¡Vaya viaje, eh, colega!

– Supongo, sí. ¿Y tú?

– Pues aquí, ya ves. Sin mucha acción.

– Ahí arriba tampoco es gran cosa.

– Oye Kurt, ¿qué es un albino?

No podía parar de imaginarse conversaciones con Kurt. Durante un par de años fue su mejor amigo. A veces le cantaba con gran motivación sus grandes éxitos (a los que no llamaba, obviamente, grandes éxitos). Otras le decía simplemente que la vida era una mierda. Su negativismo le cansó a los dos años o así. Pero seguía amándole de algún modo extraño que no tenía una explicación plausible. Y qué hacía un mulato, un albino y un mosquito juntos. Y para qué quería todo ese maldito oro acumulado a sus pies si estaba atrapado en él. Prefería una rendija por donde se colase sin decoro un rayo de sol en el amanecer y no esa oscuridad perpetua con cierto fulgor brillante. Cosas de valor incalculable, que nadie iba a poder tasar jamás, almacenadas en montones dispuestos sin orden. Resultaba curioso cómo el ser humano otorgaba un valor desmesurado a piedras y metales que salía de una Tierra que maltrataba día a día. Aún pudiendo morir en el intento. O más pronto de lo que tenía conciencia.

Después de retirarle la palabra a Kurt, decidió escuchar sólo a Metallica. Día y noche de duración caprichosa e inexacta. Y no hablaba con nadie. A veces lloraba. Pero una mañana de septiembre, más o menos a la misma hora local de aquel verano pegajoso en el que su sarcófago cambió de orientación, decidió volver a invocar a Kurt para hacerle una pregunta. Esta vez también habían sido dos temblores de tierra, aunque con una separación microscópica entre ellos, que le habían colocado la piña deshidratada de los sentimientos color sangre seca en la garganta. Y ahí seguía, como un maldito nudo mal hecho sujetando un barco enorme en alta mar.

– Oye, tío, ¿qué ha sido eso?

– El mundo está jodido de la cabeza, tío.

– ¿Pero por qué se mata ahora a la gente, tío?

– Por Dios.

– ¿Pero por cuál?

– Por todos. No sé. No tengo ni idea.

– ¿Les ha mandado Dios hacer eso?

– Pero, ¿quién y dónde está Dios?

– Joder, pues está buena la cosa. Oye, que el otro día dejamos la conversación del albino a medias…

Kurt tenía razón. La gente estaba jodida de la cabeza. Ignorantes. Ineptos. Irrisorio. Cada uno había elegido un solo Dios y habían vuelto a levantar un muro enorme e invisible entre ellos. Bueno, eso ya llevaba un buen tiempo ahí. «¡Yo qué sé el tiempo que llevan ahí arriba así!». Por eso se había dormido la última vez. A veces cansa ver tanta estupidez. Tendrían que haberle enterrado con varios barriles de cerveza y no de oro. El oro brilla y pesa mucho. No se come. Pero lo cierto era que el mundo se iba a la mierda. Pero lo que no cambiaban eran las rutas de los viajes organizados. Había perdido la cuenta de cuántas hordas de zombis vivos habían visto su tumba por fuera, dirigidos por un par de guías y una camioneta de soldados. Después vendría Cancún o Riviera Maya y diez días de intenso y emocionante enclaustramiento en un hotel. Borrachos, comiendo hamburguesas para desayunar, bailando bachata en grupo, haciendo aguadillas en una piscina. Y pocos se han parado a pensar cómo estaría la pobre momia allí dentro. Será que lo conocen muy bien. Se pasó treinta y cinco días sin descanso escuchando «72 hookers» una y otra vez. Y alguna que otra bachata. Y qué importa. Más veces había escuchado la palabra crisis y tenía suerte que no le podían sangrar los oídos.

Hace dos años, dos años de vivos (o atrapados en su propia existencia), volvió a sentir un balanceo en su cueva mortuoria dorada. Esto parecía distinto, parecía que las almas se desvanecían de la superficie ahogadas. Y no sólo en sus propias lágrimas.

– Oye Kurt, ¿y esto de qué va, tío?

– Ha sido un tsunami.

– ¿Qué?

– El terremoto tuvo lugar en el mar y provocó una ola gigante, que se comió Japón. Ha muerto mucha gente.

– Vamos, que la tierra está cabreada con todos ellos.

– Supongo.

– ¿Otra vez Japón, tío?

– Pues ya ves.

– Y esa fiebre zombi en la ficción, ¿de qué va, tío?

– Pues será que así nos sentimos, yo qué sé tío, no soy un puto oráculo.

Fue la última que habló con Kurt. Pensó en conversar con Obama. Pero tampoco él tenía todas las respuestas, a pesar de toda esa gente que realmente lo creía. «¿El mundo se va realmente a la mierda?», lanzó al aire putrefacto. Se escuchó una risa nerviosa. ¿Y de dónde había venido esa carcajada? Tuvo que haber sido él, ya que estaba sólo en la pirámide. ¿O era cierto eso que decían sobre el arquitecto que habían metido dentro para no desvelar el plano? «Oye tío, ¿te importaría salir ahí fuera y guiar a esos zombis a mi sala?», señaló convencido. Volvió a escuchar una risa malvada. «Mierda, si soy yo el que se está riendo». El arquitecto si estaba allí, seguro que estaba muerto. «¿Y qué gracia tiene tener la piña de los sentimientos atravesada en la garganta?», preguntó de nuevo. No obtuvo respuesta.

Unos cuantos de miles de años de reflexión eran suficientes para llegar a una conclusión aplastante: los inmortales querían la coexistencia pacífica y los que tenían fecha de caducidad próxima preferían acortar más sus existencias limitadas. Los mismos seres humanos que descubrieron el lenguaje del arte, que inventaron nuevas formas, las cultivaron o las trasmitieron de generación en generación. Esa misma especie que trafica con sus propios congéneres, maltrata su propio sustento y dedica más tiempo a la invención de nuevas fórmulas para su propia autodestrucción que en su perfeccionamiento. Él (o ella) deseaba con todas sus fuerzas cambiar su sino y lo haría sin pensárselo en ese mismo instante. ¿A qué olerían las flores ahora?, ¿el agua seguiría sin tener sabor? ¿Se seguiría sintiendo el mismo rechazo reflejo al mirar directamente al sol?, ¿quemaría lo mismo? ¿La libertad mantendría su concepto abstracto unido a ese olor embriagador, ese sabor delicioso y ese tacto suave y caluroso?

– Ehh, buenos días, ¿estoy llamando a un periódico?

– Sí. Buenos días.

-Llamaba para preguntarle qué tengo que hacer para publicar un anuncio a nivel mundial –señala nada más ser atendido.

-¿Servicio de citas o venta de pisos, un coche quizás? –responde una chica joven con una voz monótona.

-No, es un intercambio, creo que beneficioso para ambas partes –explica.

-¿Intercambio de parejas?, eso es un servicio de citas también –concluye la recepcionista.

-No sé muy bien a qué se refiere, no, es un trueque de…cosas, digamos –dice sin mucha seguridad.

-No sé…quizás en «Varios». ¿Y no le sería más rentable el Facebook? –zanja la joven.

-¿Facebook? –responde la momia contrariada.

-Pues sí, ¡si no tienes cuenta es como si no existieses! –la recepcionista se ríe a través del teléfono- Creas un evento y ya está. Aunque ya no sé si esto es una llamada de broma o qué. Venga dime qué quieres decir en el anuncio e ingresa el importe en nuestra cuenta. En cuanto recibamos confirmación del ingreso, no tardaremos más de tres días en publicar tu anuncio.

Durante unos segundos retumban en su cabeza las palabras de aquella chica decepcionada con su trabajo y que de pequeña soñaba con viajar por todo el mundo pintando acuarelas: «Si no tienes cuenta es como si no existieses». «¿Ahora se necesitaba una subscripción para vivir?», pensó.

-«Cambio riquezas milenarias por unas tijeras que corten». Contacto: Momia –dice con voz clara.

Recibió dos respuestas antes de que le quitasen el anuncio y colocasen en su lugar un cupón diario recortable para conseguir una bombona de oxígeno con carrito de transporte.

Respuesta número uno: «Ya nadie lee los periódicos».

Respuesta número dos: «Yo te daría las mías, pero sólo tengo unas que cortan bien. Suerte».

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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