La Emperatriz de Alas Plateadas

Autor: Pío Antonio Puente Bernáldez

Doce años han pasado desde que el Emperador de Talas partiera hacia tierras lejanas, más allá del Gran Mar. Un día sagrado para el pueblo de los hombres aquel en el que las velas de las frágiles embarcaciones se distanciaron de la orilla hasta desaparecer. Pero los territorios descubiertos se volvieron desconfiados y en una noche brumosa, los vientos cabalgaron sobre la tierra levantando la piedra construida por el hombre. Nadie sabe qué fue del Emperador. Sin esperanzas de que se hallara vivo, el Comité de Sabios gobernaría hasta que su hija fuera adulta. Ahora Jo-Sul había crecido, aparentaba haber alcanzado la mayoría de edad. Su esbelta y tierna figura asemejaba en estatura a cualquier mujer de la región. Criada entre los altos muros de la casa de la dinastía real, apenas pudo comprobar la grandeza de las posesiones que había heredado. Según la ley, le estaba prohibido salir del palacio blanco hasta que no fuera desposada. Encerrada, solo podía visitar en su imaginario las montañas azules donde el sol descansaba, los ríos que lloraban en sus rocas o los bosques de robles que se cubrían de pétalos purpúreos y dorados, danzando con el canto de verderones. A veces llegaba alguna canción a sus oídos. Un grupo de nodrizas se encargaba de su cuidado, pero siempre manteniéndose alejadas para no resquebrajar el frío prisma que habían erigido en ella. Sentada sobre un cojín en la balconada superior, superando el reflejo de los destellos del sol sobre las tejas que cubrían el edificio, plasmaba sobre el lienzo un cielo plagado de sueños. Pero un rugido hizo que su trazo se desviara y Jo-Sul rompió la tela. El sonido de las trompetas provocó que un deseo impaciente invadiera su espíritu, fracturando algunos cristales. El centinela que la vigilaba dejó su posición y se presentó ante ella.

-Señora –dijo mientras se inclinaba y clavaba una rodilla sobre el suelo- ha llegado el momento de que sea proclamada emperatriz.

De espaldas al muchacho, Jo-Sul bajó la cabeza y levantando el brazo sacudió la mano para que éste se marchara.

-Pero mi señora, debe ser emperatriz –insistió él.

Cuando hubo acabado, la joven se encontraba de pie. Volviéndose hacia el centinela solo tuvo que mirar fijamente a sus ojos y esbozar una leve sonrisa para que él abandonara la terraza. A ella le esperaba el trono.

En Talas las nubes dejaron de avanzar, las sombras de las aspas de los molinos se tomaron un descanso, y la plaza antes vestida por el colorido de los puestos de los mercaderes se quedó desnuda. La ancha vía empedrada que conducía al palacio del Emperador se volvió estrecha. Todos los habitantes de la ciudad se reunían en ella para llevar una ofrenda a la futura emperatriz. Subían el camino empinado con cuidado de no tropezar con algún trozo de vasija rota que había caído al suelo. El paso era lento y costoso. La meta se hallaba en la falda de una escarpada montaña. En la parte más alta siete torres de oro custodiaban los anchos muros de yeso y cal. La nieve descansaba en sus tejados y una inmensa escalera bajaba desde la puerta serpenteando por la ladera. Cada ciudadano debía depositar su presente en un escalón, de manera que en lo más alto, la Emperatriz pudiera contemplar cuánto la amaba su pueblo. Ser el primero tendría su compensación, pero nadie se atrevía a acercarse al peldaño más alto, a acercarse a la joven mujer, a acercar su vista al pálido rostro real. El castigo por mirarla sin permiso podía conducir a la muerte.

El último escalón estaba vacío, y a cada lado, sentados sobre sitiales tallados en piedra, dos guerreros custodiaban la entrada. Las nubes aparecían para postrarse ante la joven y un frío penetrante comenzaba a invadir el aire translúcido. Jo-Sul se lamentaba de su pueblo. Pero antes de que cayera una gota del cielo, la indecisión que inundaba el pensamiento de la multitud fue apartada por el golpeteo de un abanico que se acercaba a las puertas de un ilusionante porvenir o al oscurecimiento eterno del día. Cuando terminó de agitarse se descubrió la figura de una mujer nunca antes vista en la ciudad. Sus largos cabellos blancos rivalizaban con el entorno invernal. Con el zarandeo del viento, atrapaban y escondían bajo su cobijo una mirada penetrante, capaz de sondear los secretos que ocultan los más callados. Asida de su mano estaba su presente, una vieja canastilla de madera de castaño. En su interior parecía moverse algo. La extraña mujer se presentó ante la futura emperatriz. Le miró a los ojos y uno de los guardianes le asestó un golpe con su pica, obligándola a inclinarse. Ante esto, Jo-Sul se levantó del trono y detuvo el brazo del guerrero. Los ciudadanos de Talas emitieron un gemido de angustia, pero la hija del Emperador decidió no castigar a la mujer. En su lugar se acercó a ella y le tendió la mano.

-Puedes levantarte –sus palabras fueron delicadas como el rocío que despierta a los mirlos con el despuntar del alba.

Sin alzar la vista, y todavía con una rodilla hincada sobre la fría roca, abrió la cesta y sacó un gato regordete. Era más grande que el resto de felinos que se escabullían por las calles de la ciudad escapando al castigo de los mercaderes. Su níveo cuerpo, al igual que el color del pelo de la mujer, estaba atravesado por líneas azules que se mezclaban con manchas grises. Su regalo fue directamente a acariciarse con las piernas de Jo-Sul.

-Lamento su efusividad, pero este pequeño y yo hemos recorrido un gran camino más allá de las fronteras sobre las que reina. Su destino estaba unido a vos.

La joven, reticente y recelosa de rozar el pelaje del gato con sus dedos, ya que nunca antes había acariciado a un animal parecido, no sabía qué hacer. Su centinela se dispuso a actuar. Ante el amago del hombre, la joven aceptó el misterioso ofrecimiento y tocó con suavidad el lomo del gato. En el momento en que su palma contactó con el animal, en el interior de su pecho algo repiqueteó.

-Si ha venido de tan lejos, sería un placer para mí que fuera mi huésped durante unos días.

Los sabios que acompañaban a Jo-Sul en la ceremonia de ofrendas se miraron extrañados. Hasta entonces nunca antes un extranjero se había presentado en la casa real. Las fronteras del Imperio quedaban lejos y solo el Emperador conocía las remotas tierras de ultramar. La ley contemplaba que los ciudadanos de Talas que no habían nacido bajo la luz del Emperador o admitidos por su benevolencia, no podían traspasar el umbral del palacio. Pero en los textos no se recogía nada acerca de los que no pertenecieran al Imperio, por lo que no pusieron oposición.

Una vez que la ceremonia hubo terminado con la marcha del sol en lo que fue uno de los días más largos en la vida de Jo-Sul, Emperatriz de Talas, hizo llamar a la invitada a la sala principal. Una habitación larga y ancha poblada de medias luces provenientes del fuego del hogar. Seis pilares sostenían una amplia bóveda abrazada por ventanucos desde los que se podía contemplar el baile de las estrellas. En sus capiteles garzas y grullas talladas sobre la roca parecían haber anidado. De las paredes colgaban numerosos tapices de colores cálidos, imperceptibles en la oscuridad de la habitación y escenario sobre el que alargadas sombras batallaban al ritmo del chisporroteo del fuego de la leña. A los pies de la extranjera, un gran mosaico dominaba el centro del recinto: el dibujo de un fénix que protegía un huevo dorado. Al otro lado, delante de un pórtico que daba a la terraza, había un estrado y en el centro se alzaba un trono de madera sobre el que estaba sentada Jo-Sul.

-Adelante –dijo la Emperatriz mientras movía su mano-. Dígame su nombre y los motivos de su viaje. Cuénteme acerca de todo lo que vio -las pupilas de la joven se dilataron-, las llanuras por las que caminó, las gentes con las que conversó y… -un pequeño silencio cortó su impulsivo discurso- ese gato que trajo consigo.

-Mi nombre es Kaldhare –respondió la invitada acercándose al trono-. Vengo más allá de los territorios enclavados por la bandera de Talas. El tiempo no es secreto para mí y mis cabellos muestran mi edad –dijo mientras calentaba sus manos con las ligeras volutas de humo que se desprendían del fuego-. Durante muchos años he tratado con las plantas, tanto jóvenes arbustos como árboles cuyas copas rozan las nubes del cielo. También he aprendido saberes del agua y del fuego. Aquí pueden llamarme bruja, hechicera o embaucadora. De la región de la que procedo, innombrable en el lenguaje del Imperio, me han nombrado como Madre.

Jo-Sul se quedó absorta en sus pensamientos con la mirada perdida en la batalla que libraban las sombras sobre los tapices que decoraban la estancia. Siempre había dibujado en sus cuadros los paisajes que veía desde su terraza en lo alto del palacio, ahora tenía ante ella a una mujer que podía enseñarle mucho más que lo que contenían los libros que los sabios le habían entregado durante su niñez; mucho más que los azules, blancos y verdes de sus óleos; mucho más que la frialdad con la que le trataban sus nodrizas. Acariciando los bordes de su corona y volviendo su rostro hacia Kaldhare, volvió a preguntarle.

-No me ha hablado del gato –sugirió todavía con grandes ojos y la voz entrecortada.

-Disculpe alteza –dijo Kaldhare con un tono bajo-, pero eso lo tendréis que descubrir vos.

Jo-Sul arqueó una ceja mientras la observaba dubitativa. Cuando estuvo a punto de inquirirle el motivo de tal misterio, una veloz y pequeña silueta vislumbrada por los tenues haces de luz que se escapaban entre las columnas, apareció ante ellas. Era el gato regordete traído por la bruja. Con el rabo levantado y dando cortos y constantes pasos fue de nuevo a las piernas de la Emperatriz. Kaldhare torció su sonrisa cuando vio la cercanía del gato con la joven y el cariño que emanaba de ésta hacia el minino.

-Le tiene mucho aprecio –comentó la bruja mientras se frotaba las palmas a la luz del hogar.

-Continúe con su historia y lo que vio hasta llegar a Talas –sugirió la Emperatriz.

Durante toda la noche las mujeres conversaron. Jo-Sul, ávida por conocer las respuestas a las preguntas que en sus largos días se hizo, no se dio cuenta de que unos rayos de luz roja comenzaban a asomar por encima de su trono reflejándose en los cabellos de Kaldhare. El alba había llegado clara y brillante y el fuego que las calentó durante horas se había extinguido en forma de rescoldos grises. El felino sin nombre dormía acurrucado entre sus muslos. A pesar de que la bruja le insistiera en que sus destinos estaban ligados, su origen era incierto. La Emperatriz bajó la cabeza y pensó en todas las cosas que escuchó. De todas ellas, quizá en la que puso menos empeño por averiguar, fue el destino que su padre había tomado cuando cruzó la frontera. Había pasado mucho de su tiempo preguntándose y tratando de adivinar adónde se habría marchado su padre. En soledad y en silencio había hecho sus conjeturas, sin que nadie supiera de sus sentimientos, y ahora la respuesta no parecía importarle. Ensimismada en los pequeños detalles de las historias que se cantaban en Talas y en los parajes casi mágicos que describía Kaldhare, el deseo del regreso paternal se difuminaba entre pensamientos arrullados que conmovían su corazón. El Emperador había sido visto por la bruja con un gran ejército de hombres que pisoteaban todo a su paso. Poco más dio a conocer. Cuando el sol descubrió el mosaico central, las mujeres abandonaron la estancia camino hacia sus habitaciones.

Por fin en el palacio blanco se oyeron risas. Jo-Sul había puesto un nombre al gato y se comportaba como un animal salvaje cuando estaba con él. Juntos se revolcaban por las losas multicolores en las que se entrelazaban exóticos emblemas; corrían por los largos corredores en los que las impecables cortinas que caían de los alféizares de los ventanales que daban a la montaña dejaban de ser puros, deshilachándose; se perseguían, escondiéndose detrás de los relucientes trajes de cota de malla que su padre guardaba; y terminaban sentados en la terraza contemplando la inmensa ondulación del horizonte. Así sucedió hasta que las yemas de los cerezos florecieron. Kaldhare se había quedado en el palacio a petición suya. La instruía inundándole la imaginación de nuevas formas lejanas, nunca observadas por el hombre, misterios escondidos entre las rocas y colores que caían del infinito disipándose en la bruma de una cascada. El huevo dorado protegido por el fénix del mosaico se estaba resquebrajando. El espíritu de la Emperatriz quería volar y visitar los lugares mencionados por su maestra. Y con la llegada de la primavera, se percató de que en los ojos de la Emperatriz brillaba una fuerza impetuosa.

-El destino te brinda una oportunidad, pero no la deposita en tu mano. Sino que debes de ser tú quien salga a buscarla si de verdad la quieres –dijo Kaldhare mientras Jo-Sul acariciaba al gato en la terraza.

-No puedo, la ley prohíbe que salga de estos muros hasta que no me despose con un hombre –respondió la Emperatriz golpeando el suelo con el puño cerrado.

-Quizá puedas, solo has de quererlo de verdad.

-¡¿Cómo?! –Jo-Sul estaba desconcertada. Sus ojos cristalinos escudriñaron el rostro de Kaldhare en busca de una respuesta.

-Yo te puedo ofrecer la libertad –dijo la bruja con una sonrisa sibilina-. Sin embargo nunca podrás ser el cayado que sujete a tu pueblo, ni volverás a ser tratada con los privilegios que ahora posees.

La joven asintió. Turbada, esperó las indicaciones de Kaldhare. Ambas aguardaron a que la luz mortecina del crepúsculo diera paso al baile de estrellas titilantes que la luna les había preparado. En la elevada terraza la bruja se postró extendiendo sus brazos sobre la fría roca. Jo-Sul la miraba con temor. La mujer comenzó a clamar al astro madre en un lenguaje abrupto. Las runas que pronunciaba nunca habían sido liberadas en el interior del Imperio. Alrededor hilos de un vapor traslúcido se elevaron del suelo. Destellos de haces de luz surgieron en la penumbra. El aire se enfrió, condensándose en pequeñas lágrimas refulgentes que caían de los luceros. El cielo se encapotó y las estrellas se escondieron con cortinas de nubes que dejaban sus lamentos a merced del viento. Retumbaba el firmamento con estridentes truenos y a lo lejos los relámpagos parpadeaban entre las cimas ahora invisibles. La voz de Kaldhare se incrementaba con cada fulgor de la tormenta. Los vapores, azotados por las palabras de la bruja, se volvieron lenguas de fuego azuladas. Serpenteaban rutilantes entre la niebla buscando a Jo-Sul. La joven languideció, perdiendo el conocimiento cuando se vio envuelta en las sinuosas llamas. El espíritu de la tierra se unió al del cielo y aquel portento que relució sobre la azotea del palacio blanco, cesó de pronto, dejando tras de sí un círculo plateado cuyo brillo menguaba sobre las losas. Y quieta en la luz, se hallaba ella, hecha ave. La luna se había marchado con el resto de cuerpos celestes de forma tan silenciosa como habían aparecido. No quedaba ya ningún testigo de lo que en una noche de primavera sucedió en Talas. Las primeras luces del alba llegaron sin sonido alguno de pájaros, sin el susurro de los árboles florecer. Jo-Sul hecha ave nació en mitad de un silencio frío y húmedo.

Cuando despertó observó cómo su cuerpo estaba cubierto por un plumaje grisáceo y blanquecino que con el reflejo del sol se volvía plateado. Intentó hablar con Kaldhare que se hallaba de pie inmóvil. Pero su cántico no obtuvo réplica. Versada en los conocimientos de la naturaleza, la bruja entendía lo que Jo-Sul piaba, mas prefirió no responder y afianzar los sueños de la Emperatriz que quiso volar, porque si del suelo no despegaba, nunca los alcanzaría.

-Ve Jo-Sul, ¡eres libre, busca tu destino! –dijo Kaldhare extendiendo sus brazos hacia ella- Mira el horizonte de frente y no te asustes ante ningún obstáculo que se interponga en tu camino. Por complicadas que sean las adversidades, míralas siempre de frente, ¡con valentía pequeña, con valentía!

Jo-Sul desplegó sus hermosas alas batiéndolas al aire y se lanzó a la inmensidad desde lo alto del palacio blanco donde una vez fue emperatriz. Su voz era clara y mágica, estremeciendo el aire helado que acariciaba sus alas plateadas. Por fin conocería los herbosos campos tranquilos, los grandes bosques de robles, las montañas azules donde el sol se retiraba, los aromas que impregnaban el aire procedentes de los lilos de los jardines de Talas, del heno recién cortado, los cánticos de las bestias que poblaban la tierra, los berridos de los ciervos, las diferentes voces humanas,… por fin podía conocer; por fin podía entender.

Y mientras, sobre la terraza, una criatura maullaba indicando su sufrimiento. El gato de rayas azules y manchas grises miraba la marcha de Jo-Sul a través de unos ojos lacrimosos hundidos en legañas. Quieto sobre sus patas traseras maullaba desgarrando una mañana esperanzadora para la Emperatriz, su hija. Kaldhare le quitó su forma humana como castigo a la devastación que causó en las tierras lejanas, sus tierras. Pero no pudo arrancarle el amor que sentía hacia su hija, por lo que lo devolvió a ella. Ahora de nuevo arrebatada de su lado, el Emperador hecho gato inició su propia búsqueda sin importarle lo altos que fueran los árboles para trepar a ellos y encontrar a aquella a quien más quería. Actualmente todavía quedan restos de su cometido, y en cada gato refulge el ímpetu por encontrar a Jo-Sul.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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