HUANG NO TIENE ASCENSOR

Autor: : Santiago R. Puerta Bongers

Son las 12.30 de la noche. Juan abandona el salón de juego como cada día y pasea unos minutos hasta el coche, un BMW verde botella del 95. Tiene 53 años y adicción severa al juego y al tabaco. Nació en la Corea del 58 como el quinto de seis hermanos, y medio siglo después, se rige por una idea: hay puertas que ya no se abren. Mientras recorre las hileras de farolas de la autopista A-2 camino a casa, Juan –Huang– mantiene la mente en blanco, por unos minutos no es más que un volante con pedales.

Cada mañana, al verlo llegar, el camarero del salón se abotona la americana satén con prisa y le da los buenos días con rutinaria cortesía. En seguida, Juan se sienta en la butaca y se arrima el cenicero con una mano mientras, con la otra, echa mano al bolsillo del pecho. Se enciende un pitillo mientras el joven camarero le sirve un café y le coloca las fichas sobre la ruleta. A continuación Juan le tiende un billete de 50, el chico lo agarra y lo guarda en un cuenco. Cincuenta y siete segundos más tarde el chico vuelve al asiento del asiduo y le devuelve el cuenco lleno de monedas de 1€. Toma, Juan. No te lo gastes muy rápido, que está tragona, bromea el chico.

Empieza otro día para el chino que juega a la ruleta “a tres bandas”. Un día más, o un día menos… comentan los dos muchachos encorbatados tras la barra, mirando de reojo a la ruleta y penando de curritos. Un día más también para Juan, aunque esa es otra historia. Familia, Patria y Amistad se exiliaron en el tiempo, y de aquello sólo queda un rostro anguloso de barbilla homicida y nariz geométrica, un espíritu flaco atufando a un porte serio y recto cada día menos serio y menos recto, cada moneda más viejo y más ácido, más ciego.

Otras cosas, en cambio, a Juan le son elementales. Los zapatos, siempre negros y de cuero, deben lucir bien ungidos en betún. Algunos días manda al chico de turno a por un paquete de tabaco, o al McDonalds a por un Mcmenú con Coca-Cola light, cantándole el pedido a voces sobre el tintineo de las monedas cayendo. Los viernes se permite un J&B con cola tras el café de las 16.30, que es cuando comienza el turno del camarero que le prepara los cortados. Pero sólo los viernes, como ofrenda a la suerte y, si eso, al alma. Tampoco bebe más alcohol de la cuenta cuando está jugando. De hacerlo, las cosas se podrían torcer mucho. Conviene alejarse de eso, ¿entiendes?, espeta a veces a algún parroquiano achispado que le reclama consejo. Sin pegas.

Dos horas más tarde, Juan lleva metidos cuatrocientos cincuenta y algunos euros en la ruleta. ¡Niño, ¿esto no suelta hoy o qué?! masculla con grotesco acento al camarero, que le brinda una sonrisa desde la zona de bingo a modo de ‘ya te lo dije, chino’. Los tiempos están feos para hacer dinero, lo sabe. Precisamente ahora no es nada oportuno un mal día en la roulette. Pero Juan sabe que lo que sigue es coger un par de monedas del cuenco y acercarlas a la ranura. Cambio a fichas y jugada por valor de treinta y cuatro euros para tantear la máquina. Cambio de estrategia, victoria a fuego lento, se dice por dentro sin cambiar el gesto.

La carretera está casi vacía. Juan estrecha el volante con desgana y, repentinamente, acciona el intermitente derecho y toma la salida. Se había quedado ensimismado recordando el mal día de anteayer, y llevaba abstraído un buen rato. El maldito lunes había perdido mil cien pavos.

Hay quien se pregunta cómo coño sacan los chinos –en sentido genérico, asiáticos varios- tanto dinero en los juegos de azar y las tragaperras para jugar todo el día. Al respecto, todos los chinos dicen lo mismo: nada, como nada siente Juan mientras aparca el viejo automóvil a dos calles de su portal. Nada que celebrar, piensa, pese al balance del día, que no ha podido ser mejor. A miércoles, ha recuperado en dos días todo lo perdido el lunes, y sin embargo, ya en los primeros minutos del jueves ni la edad ni la soledad le dejan a uno, siquiera una vez, ejercitar el corazón ni sentir mal que bien. Bastante tiene con los sesenta y siete escalones, incluidos los tres de la entrada, que cada noche sube hasta el cuarto F entre hondas bocanadas y el traqueteo del contador de luz. Huang Kim no tiene ascensor, pero tampoco lo quiere. Prefiere subir andando, pese al reuma incipiente, una más que posible gota y la propia edad. Porque en el fondo, aún quedan migas de lo que un día fue un joven soldado, sano como un brote, que contaba las batallas por victorias.

Por encima de todo, hay una razón por la que Juan detesta los ascensores. El espejo. No es asunto tuyo, suele soltar a los que lo conocen y bromean. Esas enormes placas de honestidad forzada en verdad son correazos a la estima de un inmigrante oriental casposo y solatero que no puede ni verse a sí mismo, tal y como ha quedado. Ochenta y tres pasos después, Juan restriega con mesura los pies contra el felpudo hasta tres veces mientras cuenta mentalmente: “…noventa y ocho, noventa y nueve… y cien.”

Juan siempre abre la puerta y se quita los zapatos y los deja en el cajón. Luego va hasta el baño, donde se quita la camisa, los pantalones y los calcetines, deja el cinturón sobre el váter e introduce la ropa en un cesto. Después siempre se lava las manos, la cara y por último los pies. Seguido, recoge el cinto del váter y lo guarda en la cómoda junto a la cama. Entonces coge el viejo zippo de la mesilla beige lacado y se emboca un pitillo, ya en horizontal, mientras hace recuento de billetera.

Esta noche Juan entra de seguido hasta el dormitorio, obviando todos los pasos intermedios. Se sienta a los pies de la cama y contempla casi con naturalidad algo a lo que nunca le habría hecho un hueco, y como en un transplante que no llega a tiempo o un muñeco al que se le cae el precio, Juan se encañona la sien frente al espejo. Una tú, otra yo, piensa. Uno, dos… Nada. Uno, dos…

*

 Una semana más tarde, el dependiente de los ultramarinos de la calle Torrelaguna sube con su familia la escalinata del Tanatorio con gesto gentil y ropa oscura. Agarra de la mano a los gemelos, que juegan a las carreras de arriba abajo por las escalones, y los alecciona frente a la puerta del recinto. Es el funeral del señor Kim, pero sus conocidos no han venido a despedirle. Para la familia Kim, que regenta un negocio ya integrado en el barrio de la Estación, es una cuestión de respeto cumplir con la última voluntad de un compatriota que compartió exilio, pese a su final y a la extrañeza de participar en aquel rito nativo.

Nadie más que Dae, Sung y los gemelos están presentes mientras la grúa introduce el féretro del señor Kim en la honda tapia, como un cajón que se cierra y sella en un panal de muertes. La joven familia aguanta el rostro neutro frente al terrible mural, sacro sermón mediante, con la mirada agazapada, cabizbajos, como censurados por sus propios pies. Al menos, los zapatos bien limpios, como siempre me escribías, quiso decir aquel hombre a su ya interfecto tío.

Frente a aquel panorama, Dae Kim se aferra al paraguas que los cubre de la llovizna y se pregunta cuándo dejó su tío, recto de cuna, de preocuparse, siquiera pensar en su maltrecha salud. En 32 años de exilio no había tenido un solo instante para pararse a cavilar sobre su desorden alimenticio, sus problemas para dormir o su alta dependencia al tabaco.

O quizá sí. Seguramente tiempo haya sido de lo que menos le ha faltado en estos años, pero el tiempo para pensar es una cosa, y el pensar, otra distinta. Dae no lo veía hace años. Quienes sí, los últimos meses le vieron paulatinamente más penar que pensar, más perderse para compensar, menos cambiar, sólo parchear sumido en un ciclo. La historia de una vida más gravitando en torno a un vórtice de anomia, un agujero negro de complejos, automatismos expresivos y monólogo interior atenuado, como bajar el volumen de la vida y dormirse con el hilo sutil de una canción de cuna fúnebre. Consolado por su fragilidad. Tras todo, cerrar los ojos para siempre, cubriendo el cuerpo de arena hasta donde la Patria no llega. Y allí, pacífico el Mundo, Huang la encuentra.

 

FIN

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s