Hötensleben 1970

Autor: Diego García Menéndez

Un silencio sepulcral caía en el interior de la iglesia de Hötensleben y reposaba sobre la fina capa de polvo que cubría bancos, altar y el austero retablo.

Unos rayos tenues de luz fantasmagórica proyectados por focos externos traspasaban las vidrieras de cristal translúcido, dotando al ambiente de un aura capaz de inquietar al más tenaz corazón y de petrificarlo con su aire helado.

Un golpe perturbó la quietud que reinaba en la sala. Repentinamente se abrió una pequeña portezuela en el basamento del retablo. De la impenetrable oscuridad del armario se pudo escuchar una débil tos, a la vez que aparecía una mano enguantada en blanca lana.
Del hueco emergió una figura menuda y completamente albina.

Como una tiritante aparición se dirigió tambaleante hacia el fondo de la iglesia, dejando por pasillo central surcos entre el polvo, tal y como las lágrimas habían dibujado cauces sucios por sus pálidas mejillas durante casi todo un día.

Nadie sospechaba que un niño fuera a intentar cruzar sólo la franja de la muerte y huir hacia la República Federal Alemana.

Antes de la construcción del Muro de Berlín, Hötesleben había sufrido a manos de los soldados comunistas en la llamada Operación Alimaña contra la migración hacia el bloque capitalista y gran parte fue reubicada, condenada a perpetuidad, exiliada, muerta.

Entre ellos se hallaba su padre, al que no recordaba, al que no vio más allá desde su primera semana de vida. Su madre, natural de Polonia, y con problemas constantes de salud debidos a su débil constitución se tuvo que hacer cargo de un niño pequeño.

Desde entonces habían transcurrido 11 duros años de pesado trabajo y falsas apariencias. Sin embargo, ella no dudó ni un instante en usar su belleza, ahora marchitándose, para conseguir un puesto en El Partido, sin el cual no habría conseguido salir, de manera penosa, adelante.

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El chico recorrió el tramo enlosado que faltaba hasta llegar a la parte posterior de la iglesia. Ahora ya debería estar pisando Campo Santo.
Con la entumecida y oscilante mano cogió un afilado punzón de su mochila, también blanca. El hombre nunca llegaría a saber cuándo la antojadiza meteorología cubriría de niebla los campos alemanes. Ayer no lo hizo y por ello el niño debió pagar en tributo la mitad de las provisiones, reunidas con esfuerzo titánico por una madre desnutrida y terminal.

Con la punta del instrumento comenzó a rascar los bordes que unían cada pieza de la vidriera con finas barras de metal. El ruido chirriante se extendió e inundó todo el templo en lo que parecía un concierto demoníaco capaz de delatar al ladrón más precavido. Prosiguió varios minutos rallando con el punzón el cristal, el corazón en un puño.

De repente otro sonido terrorífico recorrió la estancia, golpeó las paredes que parecieron a punto de estallar en mil pedazos, un sonido grave capaz de poner los pelos de punta a cualquier civil soviético. Las vibraciones recorrieron el frío aire, traspasaron las ventanas y penetraron por los oídos hasta los tímpanos, a los que invitaron a sangrar.
El ruido, que venía de lejos, hizo que su corazón dejara de latir y sus manos de moverse en un instante. El mundo pareció agrandarse tanto como él encoger.

Ladridos.

Pastores alemanes.

Su huída a una vida mejor se vería truncada de golpe en el caso de que esos perros lo olieran o escucharan. Ahora los soldados estarían probablemente alerta… y las historias que había escuchado de los gulags y las ejecuciones eran poco alentadoras. Incluso un niño suponía una amenaza para el comunismo y sería eliminado por ello.
Transcurrieron incontables y eternos minutos hasta que se atreviera de nuevo a empuñar su instrumento de salvación, pero se sobrepuso al atenazante miedo y, con lágrimas en los ojos, agarrando con tanta fuerza el punzón que los nudillos perdieron la sangre reanudó, esta vez más lenta y cuidadosamente, su obra.
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-Hijo ven aquí: ven, siéntate junto a mí –le había dicho su madre hacía escasos dos días.

Estaba encamada, tapada con gruesas mantas, sin apenas poder moverse nada más que para convulsionar. Habían pasado apenas tres días de terrible sufrimiento con una neumonía que había corrompido su cuerpo y la estaba devorando desde dentro hacia afuera. No lo aguantaría. Ya había tomado una decisión.

-Supongo que habrás oído los rumores que corren por el pueblo mientras juegas con los otros niños –dijo con voz trémula mientras acariciaba con la mano derecha, libre de pañuelo, la cabeza de su hijo.

Sí, sabía que los soldados soviéticos fronterizos querían derribar la iglesia, ahora inutilizada, que había quedado en medio del Muro de la Vergüenza desde su construcción en 1961, y que dificultaba la visión de los puestos de guardia del interior de la franja.
-También sabrás entonces que la última vez que pisaremos ese suelo sagrado será mañana, para celebrar el final de otro año más… Bien, pues ha llegado el momento de que cruces al otro lado del país.
-¿Por qué?
-Porque vivirás mejor, sin miedo, sin temor a que a cada segundo te puedan acusar de algo que nunca has hecho. –Hizo una larga pausa en la que boqueó con dificultad- Mañana te esconderás donde te diga Hans –el cura del pueblo- y no saldrás de allí hasta la noche, cuando la niebla haya caído completamente –recalcó fuertemente esta última palabra.
-De acuerdo mamá. Pero, ¿y tú?
-Yo iré más tarde. Me encontraré contigo cuando se me pase este pequeño catarro –mintió su madre, a la que se le humedecieron los ojos-. No debes dudar, ¿de acuerdo?

-Ajá –asintió con una pequeña sonrisa, tratando de disfrazar la mentira con la que había respondido a su embuste.
-Bien, tengo todo ya preparado. Coge si quieres alguna cosa que creas indispensable, y otra que te quieras llevar, pero que no pesen mucho.

-No quiero ir sin ti.
-Pero no sabemos cuándo se presentará otra oportunidad como ésta.

Le explicó los detalles cuidadosamente y se los volvió a repetir de nuevo.

-Además, si lo haces bien, puede que tu padre te esté esperando –abrazó fuertemente a su hijo y, sin poder contenerlas más, derramó un torrente de lágrimas. Lágrimas de fénix que acompañarían a su hijo durante el resto de su vida.

La escena se vio interrumpida por un repentino y agresivo ataque de tos que no sofocó la mujer hasta un minuto más tarde, tapándose la boca con el pañuelo, el cual escondió rápidamente, evitando que su hijo viera la sangre oscura que teñía la tela.

-Y ahora, acuéstate –terminó, con voz estremecida.

A la mañana siguiente el día despertó soleado y sin una sola nuble en el cielo. El aire, especialmente helado, como las emociones de los dos miembros solitarios de la familia, convertía el aliento, incluso dentro de casa, en nubes de vaho.

Las horas transcurrieron en completo silencio, sin ningún sonido, la plomiza quietud había congelado a las desprevenidas aves que habían olvidado que huir de la República Democrática Alemana era para ellas tan fácil como extender las alas.

Las lágrimas de madre abrasaron especialmente la mañana del 31 de diciembre, caudales de emociones contenidas que no recibieron más consuelo que un fuerte abrazo, un débil beso en la mejilla y un frío “te quiero”.

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Clanc

El último cristal se desprendió y calló hacia el exterior. Los segundos parecieron interminables a la espera de que se estrellara contra el suelo en una lluvia de fragmentos y una explosión de ruido. Dinamita de esperanzas.
Pero Dios decidió perdonar la profanación de su casa, y unos brotes espesos y crecidos de césped abonados con miedo y sangre amortiguaron y ahogaron el desastre.

Celosamente sacó una fina y diminuta lima y unas tenazas de la mochila. Esta parte sería la más difícil, tendría que cortar los hierros que antes habían sujetado la vidriera sin provocar estruendo y lo más rápidamente posible.
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Los soldados armados se habían mantenido fuera de la iglesia durante la ceremonia, mas no habían dudado en violar terreno sagrado cuando se bendijo a todo el rebaño. En casa quedaban los numerosos enfermos por desnutrición, pulmonías y enfermedades dictatoriales y carcelarias. El terror por Stalin había vencido al miedo por Dios.
A penas había cerrado el sacerdote la pequeña portezuela cuando los guardias irrumpieron arrasando, preguntando al clérigo y registrando todo sin ningún cuidado.

-¡¿Queda alguien?!
-No que yo sepa –respondió serenamente-. ¿Os puedo ayudar en algo más? ¿Queréis que os ceda algo para destruir?
Las dos bestias uniformadas volvieron las miradas hacia Hans y respondieron con un gruñido.
-Cuidado con lo que dices cura, si notamos algo raro de poco te servirá rezar.

Por fin se acercaron al altar. Con la punta del rifle uno de ellos levantó el fino mantel blanco que lo cubría mientras el otro sujetaba su arma en tensión.

No había nada.

Se giraron hacia el retablo y se dispusieron a abrir los armarios cuando intervino de nuevo el sacerdote.
-¿También vais a mancillar el cuerpo de Cristo? –su voz había cambiado, su cuerpo emanaba un halo de imperiosa autoridad.

La furia de los soldados se esfumó. Sus caras mudaron y se vieron salpicadas por la indecisión.

-El infierno no es un lugar agradable para pasar la eternidad –aprovechó para sentenciar Hans-.

Como una exhalación ambos salieron por la puerta sin dignarse a decir ni hacer nada más; sin embargo, seguirían esperando en la entrada.

El clérigo, de repente, se apoyó con un suspiro en la madera, sus manos temblorosas.

-Gracias Señor… y buena suerte para ti, pequeño –susurró.

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Después de haber eliminado todos los hierros y haberlos depositado cuidadosamente en una esquina buscó unos cuantos tablones de madera.

Según su madre, Hans debería haberlos dejado en la habitación destinada a cambiarse de ropa pero la madera cortada en estas épocas invernales del año era como oro abandonado a su suerte, y los soldados podrían haberla cogido.

Se dirigió hacia los aposentos, donde rebuscó a tientas en oscuridad absoluta. Pasaron minutos y minutos en los que sus palmas tocaron cientos de objetos extraños que no podía identificar, incluso le parecía haber tocado una rata…

-¡Ah!

Una punta había penetrado la piel y la carne de su dedo. Instintivamente se lo llevó a la boca y se lo chupó. A punto estuvo de llorar cuando se dio cuenta de que no lograría así llamar la atención de su madre.

Sin embargo, la punta era de uno de los tablones que el sacerdote había recogido y a los que había olvidado preparar convenientemente.

Cogió los cuatro con cuidado de no volver a pincharse y los llevó trabajosamente hasta debajo de la ventana que había dispuesto para salir.

Cortó los clavos y ató los tablones por parejas con unas cuerdas todo lo fuerte que pudo, aun y así, puso una pequeña tela entre ellos. Después los unió con la misma cuerda a la planta de sus botas.

Afanosamente trepó al poyete de la ventana y observó a través de la vidriera incompleta.

Los potentes focos colocados en la franja de 44 metros de ancho podrían haber fabricado un Sol artificial si no hubiera sido por la extremadamente densa bruma que cubría el Campo Santo y que reflejaba los haces de luz, dispersándolos en millones de tentáculos esperando agarrarlo.

El primer muro, de más de tres metros y medio de altura, que había que sobrepasar para lograr llegar al tan ansiado sistema económico capitalista quedaba a mitad del templo. Posteriormente se encontraba una valla de igual altura, rematada con alambre de espinos; cada tramo estaba recorrido por decenas de cables horizontales que si eran tocados al intentar trepar por ellos se soltaban, haciendo sonar una alarma silenciosa en la torre de control que se situaba a escasos 300 metros, con lo que al instante llegarían cuatro soldados armados con orden de matar primero y preguntar después.

Bajo las vallas había varios metros de hormigón, pero hasta unos centímetros más allá de la superficie se habrían pequeños agujeros: pasos de conejos; que no permitían a una persona sortear el obstáculo pero impedían a las alimañas hacer saltar la alarma al intentar escalar por los cables.

Todo estaba pensado para su utilidad, nada tenía carácter altruista.

Seguidamente de las vallas, unos metros más allá de un césped algo más oscuro y denso, se encontraba una línea de obstáculos contra vehículos que intentaran cruzar utilizando la fuerza bruta, consistían en tres gruesas vigas de hierro dispuestas para clavarse en el suelo y bloquear el movimiento.

Al pequeño niño le tocaba partir desde el césped, al que miró desde la apertura fijamente. Sacó la segunda mitad del cuerpo primero, con las entablilladas plantas de los pies primero; apoyándose penosamente en el parco poyete. Al ir a salir completamente resbalaron sus manos y se precipitó al vacío, acelerando su bajada.
Del césped, cada vez más nítido, surgieron claramente unas puntas afiladas y largas, capaces de hincarse en la piel más dura, incluso en la piel de un coche. Tenían 14 centímetros de filo.

Crack

Las maderas chocaron contra la llamada alfombra de espárragos, aguantando con quejidos el apuntalamiento, el choque fue ahogado por la tela.

Tras la caída se agachó, desató rápidamente las tablas y las separó, esta vez moviéndolas de posición, de tal manera que se arrodilló sobre dos de ellas, las cuales unió con cuerdas a sus piernas a modo de espinilleras. Apresuradamente también, pasó la cuerda por las otras dos partes de la protección, envueltas en tela, que protegerían sus antebrazos. Comenzó a gatear como si fuera un faquir.

De repente su corazón comenzó a latir restallando la sangre contra sus tímpanos con una fuerza ensordecedora. La angustia podría haber acabado con cualquier corazón viejo al ver, como estaba sucediendo, cómo los focos de la torre de guardia se habían puesto en funcionamiento, intentando traspasar la densa cortina de niebla.

Los tentáculos de luz rastreaban y tanteaban a ciegas.

De sus ojos brotaron torrentes de botellas vacías que él, como náufrago abandonado en una isla, lanzaba al mar de aguas estancadas con un silencioso mensaje de auxilio.

¿Ladridos? No, su imaginación  comenzaba a jugarle malas pasadas… sonidos… imágenes en la bruma… su madre… y su padre todavía por conocer. Ánimo y fuerza.

Con la mirada clavada en el suelo comenzó a arrastrarse más deprisa, sus latidos desbocados.
Pasó el “césped de Stalin” y tuvo la tentación de ponerse de pié y echar a correr.

-Bajo ninguna circunstancia te levantes hasta llegar al final –le recordó su madre con un susurro.

El niño levantó la cabeza tratando de vislumbrar el final de su pesadilla. A cambio se encontró, rozando contra su diminuta nariz, un cable fino y tenso de acero. Al final de ese cable se hallaba un dispositivo que, en caso de tirar lo más mínimo, lanzaría por el aire una bengala roja, alertando a los guardias.

Habría recorrido ya unos 20 metros cuando el suelo perdió la hierba y se volvió fangoso, parecido al cemento húmedo. El cieno que se había alimentado de cientos de cadáveres trató de engullir sus extremidades.

Siguió a cuatro patas arduamente recorriendo los pocos metros que le separaban de una nueva barrera de caballos de Frisia. Cuando por fin la pasó había perdido una tabla de su brazo derecho y había dejado impresas una a una cada huella.

Al sortear los caballo se levantó y corrió, sin quitarse las protecciones de madera, hasta casi darse de bruces con su último obstáculo.

Otro muro de hormigón armado de tres metros y medio de altura

A lo largo de la pared había puertas casi fundidas con su entorno que pasaban desapercibidas a todo aquel que no fuera policía fronterizo. Cada una de esas salidas necesitaba a dos de aquellos policías simultáneamente para que se pudiera abrir. No era una opción.
-Y corre. Y corre todo lo que puedas hasta encontrar una salida. Y nunca jamás mires atrás.

Corrió paralelamente al muro, hacia el lado opuesto de la torre durante un tiempo interminable. Sus músculos comenzaban a arder cuando escuchó algo a lo lejos.

Debían ser voces y… ruido, el ruido de un motor. Cautelosamente siguió avanzando.

Se podían ver más luces. Frente al coche se encontraba un soldado.

Probablemente fuera el paso que cortaba la franja, y que bajo fuertes medidas de seguridad permitía a personas selectas, afortunadas y poderosas o audaces cruzar al otro lado.

Los ocupantes del coche charlaban y fumaban animosamente con el otro, ajenos a la presencia que les espiaba.

Se volvió a poner a gatas y se acercó despacio hacia el amplio hueco entre el coche y la pared.

La angustia mortal atenazaba su corazón con una garra de acero congelado. Sudor helado y escalofríos. Cosquillas. Presión inaguantable en la cabeza. Pulso desenfrenado. Lágrimas. Silencio.

Sin mirar atrás.

Sin mirar atrás…

Cruzó y dobló la esquina del muro.

Unos cuantos metros más y entraría en la Alemania occidental.

La presión todavía se sintió más al ver por fin al alcance de la mano la libertad, los sueños y las esperanzas, las historias que su madre le había contado. Su padre.

A horcajadas se levantó y comenzó a correr como no lo había hecho en su vida, como alma que lleva el diablo.
A sus espaldas se oyó un ruido metálico.

Clic – clac

Las voces estaban en silencio, la conversación había muerto repentinamente

BAM

Una nube de pólvora, salida de la boquilla de un rifle, se unió a la bruma.

Silbando en la noche la bala cortó el viento y el agua, rompió el silencio. Su misión era mantener la paz del Sistema. Su tarea, eliminar un sueño. Herramienta que siembra la muerte.
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-¿Qué era eso?
-Mierda, creo que era un conejo. Podríamos haber cenado carne esta noche.

-¿Seguro que era un conejo?

El roedor, mientras, seguía corriendo con una sonrisa en los labios, húmedos y salados, su figura blanca fundida con el telón de porcelana.

Había perdido otro tablón de madera. Una prueba más que sería encontrada por los guardias.

La niebla era un poco más ligera al otro lado del muro.

Las luces de un pueblo brillaban en la noche.

Allí le debía estar esperando su padre. Al fin le conocería.

Viviría en una de esas casas, jugaría sin miedo y podría mirar a su alrededor sin encontrarse con muros de prisión.

Allí también esperaría a su madre.

Pero su madre no moriría de neumonía.

Antes de eso, al siguiente amanecer de la fuga unos nudillos golpearían su puerta y una decena de hombres uniformados y armados irrumpiría, destrozando la madera, ante la ausencia de contestación.

La denuncia de una vecina, una amiga con la que había compartido tardes y noches, comida, historias y abrazos había alertado a la milicia. Esa vecina pasaría a vivir a su casa tres días más tarde, un hogar en el que dispondría de un par de metros cuadrados más, y ocuparía su puesto en El Partido.

A la noche, su madre, sin poder mantenerse por su propio pie, convaleciente por la enfermedad, moriría fusilada. Asesinada. Sacrificada en pos de una vida, un futuro mejor. Abandonaría el mundo sin saber si su hijo si quiera lo había conseguido.

Su hijo lo había conseguido, y ahora estaba esperando

a sus padres… sin embargo, empezaba a hacer frío.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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