“En vez de a Marte”

Autor: Antonio Picazo Cantos

El azar quiso que Cardenia y Doroteo se encontraran en una apacible noche veraniega y tuvieran lo que se conoce como un amor a primera vista. De esto hace ya más de veinte años, y desde ese caprichoso, mágico e inolvidable momento de delirio amoroso hasta entonces, cada vez que se volvían a mirar su amor perdía un nivel de intensidad. Tanto se fue perdiendo que llegó un momento que este terminó por desaparecer, y ninguno de los dos quiso ya volver a buscarlo. Pero en esto último no había tenido nada que ver el azar, ni mucho menos. Simplemente fue el resultado de un proceso natural de desinterés y desatención mutuo, y que terminó derivando en lo que en aquel momento era un estado de odio irreversible que paseaban sin el menor de los recatos. Quizá el remedio más lógico para solventar aquello hubiera sido el de la separación, pero no era tan sencillo. Cardenia y Doroteo se necesitaban. Desde el primer momento se dieron cuenta que estaban destinados para vivir uno al lado del otro, incluso después de que esa falsa ilusión pasional se desplomara. Pero no en un sentido romántico, o puede que sí, quien sabe… En cualquier caso, lo que sucedía era que durante aquellas dos décadas de recelos y desavenidas se había desarrollado paralelamente entre ambos una inefable conexión tan poderosa y, a la vez contradictoria, que les resultaba imposible poner en práctica el viejo refrán de “Mejor solo que mal acompañado”. De esta manera, Cardenia y Doroteo habían construido sin darse cuenta su propio nexo de unión basado en la rutinaria tarea de recordarse continuamente lo que mucho que se odiaban. Pero este no era un odio aleatorio o infundado. Estaba construido sobre los mismos cimientos de ese amor que les hizo caer una vez en un estado hipnótico y de apariencia infinita. Pero, por desgracia, este sí tuvo un final, y para Doroteo y Cardenia llegó pronto, demasiado pronto. Sin embargo, su odio era tan sincero y visceral que los convertía en la pareja más inquebrantable que pudiera existir. Era, en cierto modo, una manera de escudarse ante la soledad y la locura.

Aquella noche, como todas, Doroteo se encontraba tumbado en el sofá, durmiendo, mientras sus ronquidos se acompasaban magistralmente con el vaivén de su prominente barriga, creando una coreografía perfecta. Por su parte, Cardenia fumaba asomada en la ventana mientras a su mente acudían historias de un pasado no mucho más alegre que el presente, pero sí  más lejano al desesperanzador futuro que avenía. Odiaba recordar, detestaba que continuamente le asaltasen episodios puntuales de su vida sin que ella los hubiese solicitado. Últimamente eso le ocurría de manera demasiado frecuente y, en ocasiones, eran tantos los momentos pasados que se proyectaban frente a ella que no le quedaba más que resignarse a revivirlos. Pero nunca lo hacía con nostalgia o cariño alguno, más bien con un preocupante rechazo ante cualquier suceso, por mucha alegría que pudiera contener. Esta incapacidad de felicidad hacía de Cardenia una mujer llena de amargura y rencor.

Apurada vorazmente la última calada, Cardenia aplastó la colilla contra el alfeizar, la arrojó al vacío y regreso a su presente realidad. Hechizada por los ronquidos de su marido se dirigió al salón, donde este estaba, espatarrado, exhibiendo orgullosamente su profusa panza y acallando el volumen de la televisión con la potencia de sus ronquidos. Una estampa para enmarcar y colocar sobre el televisor. Cardenia se acercó, y esforzándose por hacer el mayor ruido posible se sentó junto a su amado. Doroteo, ajeno a todo intento de molestia por parte de su mujer, continuó roncando y meneando su enorme barrigón, el cual metaforizaba la vida aburrida, hueca y descuidada que el mismo se había afanado en motivar. Doroteo era la descripción hecha persona de alienación y conformismo. Empezó a trabajar como vigilante de seguridad en unos grandes almacenes un año después de conocer a Cardenia, y tan pronto como desapareció todo resquicio de amor entre la pareja, se esfumó de igual manera cualquier sentimiento de pasión y esperanza del organismo de Doroteo. Se había dejado llevar durante toda su vida por el abandono y la apatía, y en un momento determinado arrastro con él a la triste Cardenia. Así, otra de las razones por las que no se mandaban a tomar viento era debido a que eran los dos únicos ejemplares de una especie única, y por separado estaban condenados a la extinción. Es decir, una manera elegante de explicar que el miedo a la soledad era superior al hecho de resignarse a convivir, aunque fuera conservados en odio.

Por fin Doroteo regresó de su viaje onírico, probablemente igual de aburrido que el real, y tardó unos segundos en percatarse de la presencia de Cardenia. Cuando lo hizo, simplemente le quitó el mando a distancia de las manos y cambió de canal. Cardenia, impasible, se recostó en el sofá.

Durante unos minutos recrearon su ritual diario en el que ella esperaba a que él encontrara alguna película de vaqueros, volviera a dormirse transcurridos unos diez minutos, y pudiera, por fin, poner alguna serie en la que con suerte apareciera una escena subida de tono. Pero aquella noche fue diferente. Mientras Doroteo pasaba frenéticamente de un canal a otro, de pronto se detuvo en uno de esos de noticias 24 horas. Lo habitual es que Doroteo hubiera saltado rápidamente a otro canal, pero como no lo hizo, Cardenia aprovechó para prestar atención a lo que narraba la presentadora. La noticia hablaba de un proyecto encaminado a enviar a Marte a un grupo de personas con el fin de iniciar una nueva colonia humana. Poco tiempo tardó en evadirse la concentración de Cardenia. Sin embargo, hubo algo que terminó captando de nuevo su atención, el final de la noticia: “la misión implica no retornar a la Tierra” Esta frase despertó en Cardenia algo en su interior que creía estropeado. Sin saber muy bien porqué, el pulsó se le aceleró y experimentó una fuerte opresión en el estómago. Estimulados por esa conexión que les unía, Cardenia y Doroteo se giraron para mirarse. Pero fue una mirada que hacía mucho tiempo que no se producía entre ambos. De hecho, quizá solo ocurriese en una ocasión. En aquel primer encuentro. Durante esa primera y última vez en la que se quisieron de verdad. Así permanecieron cerca de un minuto. Buscándose más allá de sus rostros muertos. Pidiéndose explicaciones, arrepintiéndose una vez más, odiándose y hasta intentando quererse. Muchas cosas, en definitiva, que al final se resumieron en la siguiente frase de Cardenia:

–      Bájale volumen, que me voy a la cama.

Y así, esta se levantó y se marchó. Dejando a Doroteo ahí pasmado y ejercitando su cerebro después de muchos años. Pero no duró demasiado. Rápidamente volvió a quedarse dormido. Y sin necesidad de vaqueros.

A la mañana siguiente, Cardenia se despertó temprano como cada día. No tenía que trabajar, pero se había acostumbrado a no dormir demasiado, y esa era una de las pocas cosas de las que se sentía orgullosa. En la cocina se encontraba Doroteo, desayunando para marcharse al trabajo, y cuando ella entró ambos se miraron de soslayo, sin decir una palabra, como cada mañana. La mujer encendió la radio. No le interesaba demasiado lo que pasaba en el mundo, pero cualquier cosa con tal de no escuchar los ruidos animales de su marido al comer. De pronto, su pulso volvió a acelerarse. La misma noticia sobre Marte de la noche anterior sonaba ahora a través de la radio. Permaneció inmóvil, notando como su corazón latía con fuerza, para variar. Y sintió, a su vez, la mirada de Doroteo clavándose en su espalda. De nuevo se repitió la mágica frase: “Sin retorno a la Tierra”. Sonaba tan poético, tan maravilloso…Escapar de allí. Del barrio, de los vecinos…de Doroteo. No podía ser verdad. Tenía que conseguir más información. Sabía que era una locura. ¿Ella astronauta? Si ni siquiera había montado en avión. Pero bueno, eso no importaba, mejor que la primera vez fuera a lo grande. En cuando Doroteo se marchase se pondría a…

–      Me voy, Cardenia. Esta noche nos vemos…

La mujer se giró sorprendida. Doroteo se estaba despidiendo de ella. Y, además, no se movía, estaba ahí, de pie, mirándole con unos ojos tan estúpidos que le provocaron ternura.

–      De acuerdo. Adiós.

Doroteo siguió mirándole unos segundos más y luego se marchó. La frase volvió a resonar en su cabeza: “Sin retorno a la Tierra

El resto del día transcurrió con la misma parsimonia y monotonía que cualquier otro. Cardenia trató de pensar lo menos posible en la noticia de Marte. Procuró no volver a encender la radio ni la televisión. Ni mirar al quisco cuando pasase frente a él. Se alegró por una vez de que nadie le hablase, sino quizá podrían haberle sacado el tema. De todas formas, lo más probable es que para la gran mayoría de la gente aquella noticia hubiese pasado inadvertida. Aunque era mejor prevenir. Por lo que en la cola del supermercado intentó no prestar atención al resto de conversaciones. Por si acaso. Pero toda esa prudencia se fue al traste cuando aquella noche salió de la ducha y encontró unos papeles en el mueble de la entrada. Doroteo acababa de llegar. Los papeles eran folletos sobre la expedición a Marte. Furiosa corrió a buscar a su marido.

–          ¿Qué coño es esto? – dijo Cardenia con mayor brusquedad de la que pretendía.

–          Es información sobre lo que escuchamos anoche. Lo de Marte.

–          ¿Te estás riendo de mí o qué? ¿A qué viene esto?

–          ¿Se puede saber porque te pones así? Era para que les echáramos un vistazo. Podría ser interesante.

–          ¿Qué te crees que es esto, un viaje del “Imserso”? Además, esto está en otro idioma. No lo entiendo.

Poco a poco Cardenia se fue aplacando. Se sentó en la silla y Doroteo se acercó a ella con una cautela impropia.

–          Me parecía divertido, nada más. Un compañero del trabajo me lo ha traducido. Solamente hay que enviar un video. En inglés, eso sí. Pero no te preocupes, que él nos ayudará

–          Ni siquiera me llevas a Benidorm y ahora quieres que vayamos a Marte

Doroteo se acercó un poco más hacia Cardenia. Le apestaba el aliento y jadeaba como un cerdo. Pero volvía a mirarla de aquella manera tan curiosa. Sintió simpatía hacia él.

–          Venga, mujer. Vamos a intentarlo. Quizá…quizá aquí esté la solución a nuestro problema.

Y después, después de muchísimos años, Cardenia volvió a reír. Y tanto tiempo había estado sin hacerlo que no pudo parar durante varios minutos. Riendo a carcajadas. Mientras Doroteo la miraba boquiabierto.

 

Parecía que iban de boda. Doroteo había insistido en que tenían que estar elegantes para el vídeo, así que se pasó toda la mañana rebuscando en el armario, hasta que por fin encontró un vestido que ni recordaba que tenía, ni tampoco porque demonios se había comprado aquello alguna vez. Era completamente rojo, con palabra de honor, largo hasta los tobillos y tan ajustado que entre eso y los tacones suerte tenía que no había que hacer un desfile. Solo le faltaba la pamela. Doroteo, por su parte, había tenido que salir a buscar a su compañero el políglota para que le prestara un traje, y ya de paso, le diera el texto en inglés que tenían que decir.

Por fin llegó Doroteo, con un esmoquin que resaltaba todavía más su enorme barriga.

–          Yo no sé para qué tanta tontería, si solo se nos ve medio cuerpo.

–          Calla y apréndete esto – dijo Doroteo entregándole su trozo de papel.

–          ¿Estás seguro que está bien? A mí estas palabras me parecen muy raras.

–          Nos lo ha escrito para que podamos leerlas tal y como suenan. Que allí se ve que hablan y escriben diferente.

Y ahí estaban Cardenia y Doroteo, la pareja más triste de la historia, preparados a mandar un video para poder irse a Marte y no volver más. Estuvieron intentándolo durante más de dos horas. Hasta que finalmente lo lograron. Cardenia se sentía ridícula, pero no recordaba haberse reído tanto y pasar un día tan divertido junto a su marido en toda su vida.

 

–          ¿Y cuándo nos van a responder? – preguntaba Cardenia mientras trataba de desembutirse del vestido.

–          No lo sé. Pero ahora tenemos que ponernos en forma. Según me ha dicho mi amigo, en el formulario pone que hay que pasar unas pruebas muy duras.

–          Pues yo no pienso dejar de fumar.

–          ¿Cómo no vas a dejar de fumar, Cardenia? ¿Cómo quieres ir a Marte entonces?

–          ¿Está prohibido fumar en Marte o qué?

–          Si no te lo vas a tomar en serio mejor lo dejamos.

–          Vale, vale dejo de fumar. Pero tú también te tienes que quitar ese barrigón. A partir de mañana cuando vuelvas del trabajo salimos a correr.

–          Bueno, la primera semana a andar. Poco a poco.

 

Pasaron dos meses y el propósito de Cardenia y Doroteo de ponerse en forma se estaba llevando a cabo casi a rajatabla. Y digo casi porque más de una vez cayó Cardenia en la tentación de fumarse un par de cigarrillos mientras su marido estaba en el trabajo, y porque la barriga de Doroteo seguía tan firme como siempre. Pero, al menos, se sentían vivos como nunca. Y lo que era más importante, el ambiente de hostilidad e indiferencia que parecía adherido a su entorno de por vida, había ido desapareciendo. No es que hubieran encontrado ese amor que se había perdido, para nada, pero podían conformarse con que habían aparcado a un lado su odio.

Siguieron pasando los días sin que recibieran noticia alguna de su video. Ocasionalmente en la televisión aparecía algo relacionado con el asunto, pero de lo único que hablaban era del gran éxito que había tenido y que cada vez eran más las personas que enviaban una solicitud. Cardenia se preguntaba cómo era posible que existiera tanta gente dispuesta a romper con sus vidas y marcharse a otro planeta para no regresar jamás. Suponía que la motivación de la gran mayoría era otra. La de formar parte de la historia y todo eso. Pero la realidad es que a Cardenia aquello le importaba realmente poco. El objetivo de la misión, su repercusión y el lugar de destino eran lo de menos. A ella la premisa de volver a empezar le fascinaba. Le excitaba. En un primer momento, su deseo había sido el de hacerlo en solitario. Pero durante esos dos meses con Doroteo había desterrado un sentimiento oculto hacía él. Incluso habían estado a punto de hacer el amor. Que locura…Estaba segura que tanto ella como él lo habían estado pensando. Sus miradas y sus movimientos lo sugerían, pero como era lógico no ocurrió. Quizá al llegar a Marte…En definitiva, la vida les había presentado una última oportunidad, y tenían que luchar si querían aprovecharla

 

Un año transcurrió desde que Cardenia y Doroteo enviaron su solicitud para viajar a Marte. A menos que no se hubieran enterado, nadie se había puesto en contacto con ellos. Ni una llamada telefónica, ni una triste carta…nada. No es que Cardenia confiara en que los fueran a seleccionar. Seguro que había gente mucho más preparada que ellos. Lo único que pedía era una simple llamada de agradecimiento del estilo: “Muchas gracias por colaborar, pero no son lo que buscamos”, o “Ya hemos seleccionado a otros, pero inténtenlo en el próximo viaje. Ah, y un vestido muy elegante el suyo, señora”. No costaba tanto ser educado…Lo cierto es que cada día que pasaba iba perdiendo más la ilusión. Y las cosas con Doroteo tampoco iban mejor. Seguían saliendo juntos a hacer deporte y apoyándose mutuamente en sus respectivos propósitos: el de ella dejar de fumar, y el de él adelgazar. Pero estaban empezando a caer otra vez en la rutina. La pasión por viajar a Marte había reavivado su relación de manera milagrosa, pero después de un año la emoción se estaba desquebrajando. Y aunque ya no había odio ni indiferencia, lo que había nacido era una cierta incomodidad. Y, la verdad, no sabía cuál de las dos situaciones le agradaba más, la antigua o la nueva.

Al fin llegó el día en que volvieron a tener noticias de Marte. Cardenia y Doroteo llegaban de sus ejercicios nocturnos y este último encendió el televisor.

–          Mira, Cardenia, ¡están hablando de lo del viaje!

Emocionada, Cardenia se acercó corriendo junto a su marido para ver si daban alguna novedad. Pero con lo que se encontraron fue con lo siguiente:

Ha pasado un año desde que se abrieran las candidaturas para formar parte de la expedición que tiene por objetivo la colonización del planeta Marte. Muchísimas han sido hasta el día de doy las solicitudes de aspirantes a astronauta, pero, sin duda, hay una que ha causado tremendo furor y desde hace varios meses que está siendo un auténtico fenómeno en Internet: se trata de este matrimonio que, como ven en imágenes, decidieron disfrazarse de esta guisa para grabar su video. Se trate de una broma o no, el video ya ha recibido millones de visitas en Youtube y no son pocas las parodias que se han hecho ya con él. En definitiva…”

Y así continuaron un rato más, recreando la creatividad de los internautas. Ambos tardaron un tiempo en reaccionar, hasta que Cardenia se retiró airadamente hacia la ventana y sacó un paquete de tabaco escondido tras un mueble.

–          ¿Qué haces? ¿Vas a fumar? – pregunto Doroteo todavía con el rostro pálido.

–          A ti que te parece – respondió Cardenia prendiéndose el cigarro

–          Pero, cariño, yo solo quería solucionar lo nuestro…

–          ¿Solucionar el que? Lo nuestro no tiene solución, ¿es que no lo ves? Somos un par de paletos amargados

–          Pero yo te quiero. Te quiero más que a la lumbre de estos ojos que se han de comer la tierra.

–          ¿Qué dices?

–          El quijote…

–          Mira Doroteo – continuó Cardenia con más calma – este año lo hemos pasado muy bien, hemos hecho cosas juntos, y no me arrepiento para nada. Aunque hayamos hecho el ridículo hasta en Marte…pero esto no va a ninguna parte. Nunca lo ha hecho, así que quédate con que al menos nos vamos a despedir bien.

–          ¿Qué me estás diciendo? ¿Que te vas? Pero yo te quiero…

–          Tú no me quieres, Doroteo, ni yo a ti. Al menos no como nos tenemos que querer. Y sé que si me quedo tarde o temprano vamos a volver a lo de antes, y de verdad que no podría aguantarlo otra vez. Pero podemos seguir saliendo a correr, o a andar, que ya no tenemos tanta prisión.

Cardenia se acercó a Doroteo, le besó en la mejilla y se marchó a la cama. A la mañana siguiente, cuando Doroteo se despertó bien temprano las cosas de Cardenia ya no estaba en casa. Pero esa misma noche, esta llamó a la puerta vestida con un chándal. Y desde entonces, cada noche salieron juntos a hacer deporte. Sin insultos, sin indiferencias, sin incomodidades. Solo recordando una y otra vez que por unos meses fueron la pareja más conocida de todo el planeta Tierra…y de Marte.

 

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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