“El swing noctámbulo”

Autor: Ada Nuño Barrau

Prácticamente parecía que Mario vivía sólo. Los domingos la depresiva de su madre nunca estaba en casa, y Enzo y yo aprovechábamos para ir a comer con él. Aquel invierno había sido particularmente lluvioso, así que decidíamos quedarnos siempre en casa. Él preparaba espaguetis mientras la lluvia caía sobre las tuberías y las enredaderas que había afuera. Había sido el año de los espaguetis, enciende la olla, hierve el agua, escúrrelos, no me puedo creer que no sepas hacer unos simples espaguetis ¿qué podemos ponerles hoy? Después nos sentábamos en el sofá a charlar mientras comíamos, a jugar a la consola como si fuéramos tres adolescentes hormonados, vimos todas las reposiciones grabadas de ese fantástico programa que se llamaba What’s my line que hizo que me enamorase sin remedio de Yul Brynner y nos aprendimos los diálogos de I love Lucy, aquella sitcom tan famosa. Los domingos eran el día más perdido de toda la semana, pensábamos que si hubiésemos pasado del sábado al lunes sin darnos cuenta no habríamos aprovechado menos el tiempo de lo que lo hacíamos en casa de Mario. Me sentía sola, como si fuera la única persona en el mundo, cuando después volvía a casa. Todos los hombres estaban llenos de paraguas. Pensaba ¿qué estoy haciendo con mi vida, dónde debería ir?Dialogaba en mi cabeza entre parada y parada de metro, un diálogo digno de Molly Bloom, y no hallaba respuesta, me encogía de hombros imaginariamente y me decía, bueno, al menos cuando pase el tiempo y vea estas cosas en perspectiva, recordaré estos domingos en casa de Mario con una melancolía amarga, sensación de recuperar el tiempo perdido. Porque yo siempre pensaba en el pasado de cara al futuro, en lugar de pensar en el presente. Nada de le vierge le vivace et le bel aujourd’hui, yo quería atesorar el piadoso pasado. Y supongo que a fuerza de quererlo así, al final lo he conseguido, porque como un velo cubriendo mi mente todo el pasado se me presenta de una forma dulcemente nostálgica, y especialmente aquellos días lluviosos y perdidos, que ya no volverán, en casa de mi amigo.

Había conocido a Mario cuando era una niña, tiempo atrás. Era un amigo de mi hermano Enzo. Si nos remontamos aún más, diríamos que no eran amigos, en realidad se odiaban, hasta que por culpa de un castigo común acabaron haciéndose amigos. Era normal que se odiasen, pues en el fondo se admiraban. Mi hermano llamaba la atención, Mario también, aunque por causas distintas.

Si hablamos de maldad, habría que hablar de Enzo. Él había nacido con un gen de maldad que sin duda se había acrecentado con una vida en un ambiente conflictivo. En lugar de hacerse las heridas, él había nacido con ellas y se había encargado de endurecerlas y hacerlas callo, hasta convertirle en un ser al que nada podía afectarle en absoluto. Con nueve años era el niño más temido de todo el colegio. Tenía los dedos plagados de cicatrices por la utilización de navajas que mi padre le requisaba al llegar a casa. Y en lugar de pasar por casa se pasaba el día en parques, con muchachos mayores que él, bebiendo litronas y fumando hachís.

Por supuesto antes no había sido así, antes era todo lo contrario. Cuando éramos niños y nuestros padres empezaban a discutir él me abrochaba la trenca, me hacía dos trenzas y salíamos juntos a pasear, su mano helada sujeta a la mía, nuestras narices rojas. Ahora esos paseos se funden en mi mente como plata líquida. Madrid tenía un aire navideño, propio de la Belle Époque, y nosotros paseábamos con miedo a detenernos para siempre. Después volvíamos a casa, él cerraba con pestillo la puerta del baño y me decía “desnúdate”. Le obedecía sin pudor. Él encendía la bañera y me lavaba el pelo, se inventaba alguna historia, como que que no echase la cabeza hacia atrás, porque se me quedaría la cabeza colgando, como una capucha. Enzo siempre inventaba esas cosas. Pero para mí él era casi un dios, y todo lo que decía era verdad, así que prefería que el jabón me llenase los ojos hasta que se me enrojeciesen y cuarteasen antes que llevar la cabeza colgando para siempre (por culpa su culpa se me metió el jabón en los ojos. Y por eso aún hoy no veo bien, y no sé distinguir lo que me perjudica de lo que me conviene).

Mario, por su parte, era un niño muy guapo aunque algo siniestro, que pasaría a ser un joven muy guapo aunque algo siniestro. Tenía esa belleza andrógina que atraía las miradas de todo el mundo, el aire gabacho, como decía mi hermano. Los extraños se enamoraban de él por la calle, aunque parecía no percatarse de ello, o no importarle lo más mínimo.  Era como un personaje de un cuadro romántico, pálido, muy delgado y de pelo cobrizo, casi oscuro, la nariz pequeña, los labios finos, y por supuesto tenía los ojos, que llamaban la atención de todo el que pasaba, los ojos que parecían no ver. Con aquellos ojos y una leve sonrisa de ironía pintada en la cara, parecía estar muy lejos de nosotros. Era como si le envolviese una atmósfera propia de Broadway, de las estrellas mudas de la época dorada, mientras los demás teníamos que limitarnos a tener los pies en la tierra mohosa. Y además tenía el don para la música. Desde una lúgubre sierra musical, a la que acariciaba con un palo, a un acordeón “instrumento de mendigo” bromeaba él. El piano, Chopin, Yann Tiersen. Para él tocar cualquier instrumento era tan fácil como respirar. Y el saxofón, que era su favorito, claro, con el que tocaba en garitos y bares de mala muerte. Sugar man, swing, drum&bass. Lo que fuera. Se molestó cuando me atreví a decirle que era un genio.

–  ¿Qué crees? ¿Que nací con las manos de adamantium o algo así? ¿Qué soy Ray Charles?

–  No, pero tienes un don para la música, eso está claro.

–  Nacer con un don para la música… eso son tonterías. Sólo es esfuerzo y dedicación, si hubieses echado tanto tiempo como yo y hubieses perdido tanta infancia también sabrías tocar.

Era imposible no enamorarse de Mario, sin embargo yo me lo prohibía. No quería acabar odiándole, pues si odias lo que amaste es porque amaste demasiado. Conocía su naturaleza fría y voluble, y también sabía que el amor no era como en las historias cursis que nos hacen creer, sino que era dolor, un dolor psicológico tan fuerte que no dejaba respirar.

Cierta noche Mario me invitó a escuchar jazz y swing a uno de esos bares brumosos y de mala muerte en los que a veces trabajaba. Habíamos llegado en un coche que nos había dejado mi hermano y que no sabíamos de dónde había sacado, pues el cuentakilómetros señalaba dos mil cuando lo aparcamos. Mientras unos tíos leían poesía en el escenario y se medían la barba nosotros nos bebimos un vodka que era una bomba de alcohol pura, al tiempo que cantábamos a voz en grito c’est la vie say the old folks it goes to show never can tell al más puro estilo Pulp Fiction.

–  ¿Y bien? ¿Qué te parece este sitio?- preguntó, cerrando un ojo, mientras se metía un hielo en la boca. Liaba con rapidez un cigarro, o un porro, mientras me miraba.

–  No está mal. Aunque estoy harta de tanto tío que se cree poeta- señalé el escenario.

–  A mí me gusta venir aquí, cuando llevo todo el día sin hablar con nadie y me puede la nostalgia vengo aquí un rato, escucho a los músicos tocar (¿no son increíbles esos tíos? Disfrutan más tocando que nosotros escuchándoles) y se me pasa. Últimamente tengo nostalgia siempre, no puedo estar solo porque no quiero pensar, necesito estar con gente para no pensar. Por eso odio los trayectos en metro solitarios, porque mi mente es muy peligrosa cuando piensa.

–  La nostalgia no está tan mal- intenté decir.

–  “La nostalgia es el dolor más dulce” una mierda. Está bien sentir nostalgia un día al año, o cuando te recuerdan algo que has vivido y sonríes con ese tipo de sonrisa tan especial… pero no es eso, ¡coño! Tengo veintitrés años y me siento como un viejo desengañado. Como si ya hubiese vivido todas las experiencias que me corresponden y como si acarrease el mundo a mis espaldas, a este paso no sé qué coño pasará cuando cumpla sesenta…

Me sorprendió que me contase esas cosas a mí. Nos llevábamos bien, teníamos una relación algo fría, con mi hermano en común cuando no nos dejaba tirados, pero no había más. Así se lo dije.

–  No quiero estrechar más lazos contigo- murmuró, sencillamente- me daría miedo que nos acabásemos decepcionando, como siempre sucede.

–  Es lo mejor que puedes hacer, conociéndote me harías sufrir, engordaría y me abandonarías por otra. Tendría que acabar mendigando por las calles sin dientes.

Me miró sorprendido.

–  ¿Esa es la opinión que tienes de mí, que te abandonaría a la primera de cambio? Vaya, gracias. Justamente trataba de decirte lo contrario, que llevo toda la vida intentando alejarme de ti y lo que consigo es traerte a solas a un bar. ¿De veras eres tan cerrada que sólo podrías confiar en una persona que te prometiese amor eterno? Eso son palabras vacías, yo soy una persona sincera y no puedo hacerlo. No puedo prometerte amor eterno, igual que tú tampoco puedes prometérmelo a mí, la gente cambia y las situaciones también y es casi imposible pensar en el amor eterno, sólo puedo hablar de pasado y de presente y puedo asegurarte que… me encanta estar contigo, me encanta hablar contigo y te cuidaría, me destrozaría las manos en algún trabajo de mierda para cuidarte, iría donde fueras, a donde me dejaras ir, yo iría detrás de ti sin pensarlo ¿cuánto tiempo? No lo sé ¡porque esa es la gracia del amor, que nunca sabes cuánto va a durar! Dios, qué cursi suena todo, que alguien me mate- se llevó una mano temblorosa a la frente, mientras se sonrojaba- pero claro, tal vez prefieras las ventajas del sexo por el sexo toda tu vida, si es así siento mucho haberme interesado por ti.

Me habría echado a llorar porque eran las palabras de amor más reales que nadie me había dicho nunca, y probablemente no me las volverían a decir. Claro que me habría ido con él. Era precioso pensarlo. Claro. Huir. Habríamos viajado por todas partes sin visado, colándonos en los cines y robando libros, riéndonos a carcajadas. Y claro que le amaba. Lo veía ahora más seguro que nunca, mientras recorría con mis ojos los suyos azules, su cara pálida y seria, esperando mi respuesta sin prisa. Llevaba tanto tiempo guardando ese amor en mi interior, encadenándolo, convirtiéndome en una cárcel humana, tratando de olvidarlo, que las palabras se habían acostumbrado a ser mudas, a no salir nunca, se encontraban estupefactas, sin saber qué hacer. Y, a pesar de todo ese tiempo, nunca había desaparecido ese sentimiento, aunque había luchado contra él.

Y sin embargo, contradictoriamente, susurré:

–  No puedo.

–  ¿Por qué?- preguntó, usando el mismo tono susurrante que había usado yo, mirando mis labios. Hacíamos tan poco ruido como si nos encontrásemos en un invernadero, viendo escapar plumas de pájaros y mariposas a nuestro alrededor.

–  Porque tengo miedo- tenía tanto miedo a su naturaleza voluble y a sentirme al final sola y perdida que me paralizaba. Prefería sentirme sola sin necesidad de ver qué había detrás, a qué podía aspirar si tenía que renunciar luego a ello.

Se echó a reír con rabia, apartándose de mi lado, como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.

–  ¡Yo también tengo miedo! Esto no va de tener una relación perfecta, ni de ser perfectos, ¿pero qué importa la perfección si al final hacemos el puzzle y estamos completos?

El corazón me latía tan fuerte como si quisiera salirse de mi pecho mediante un muelle, tenía los ojos llenos de luz, cualquier paradoja romántica y cualquier poesía existente la sentía yo en esos momentos, como si hubiera descubierto mi lugar en el mundo, pero ¿cómo podía fiarme de Mario? Por lo menos eso me decía.

–  Vámonos- murmuré, levantándome del asiento. El jazz en mis oídos no me dejaba pensar bien. Quería disfrutar con mi propia música, como aquellos saxofonistas.

–  ¿Dónde?

–  No lo sé, vámonos, simplemente.

Fue tan fácil como meternos en el coche y encender el motor. Mario movió la llave y el coche comenzó a arrancar. Con todas las utilidades que tenía un coche, en donde podías hacer el o incluso suicidarte en su interior, y lo poco que pensábamos yo en ellos en nuestra vida diaria. Encendí la radio y la voz tranquilizadora de Thom Yorke me recordó que había una policía del karma que se me llevaría tarde o temprano.  Mario conducía con parsimonia, con sus ojos azules (negros, en la oscuridad) fijos en la carretera. Jugamos a qué habíamos sido en otra vida mientras nos dirigíamos a ninguna parte (él había sido un pintor de alguna buhardilla parisina pobre, yo un soldado de guerra que se había vuelto loco). Los anuncios nos parecían tan increíblemente graciosos que no dejamos de reírnos hasta que no vislumbramos, a lo lejos, las luces de otra ciudad.

Seguíamos riendo y mientras tanto derrumbaban los cines para hacer constructoras inmobiliarias y se apagaban los libros, ya nadie leía más que revistas y píldoras contra el suicidio. Pero las mujeres seguían llevando tacones altos y los negros seguían gritando en las esquinas y los obreros hablaban a las farolas, todo es vanidad y caza de viento. Sólo se oían los cláxones de los coches y muy pocas veces las trompetas de los vagabundos. Nos reíamos aunque nadie bailaba ni se cruzaban las miradas por las calles…

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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