Dueños de silencios, esclavos de palabras

Autor: Victoria Carrazoni Quiralte

(Ella)

Ha pasado ya algún tiempo desde la última vez que hablamos, y es muy posible que ésta sea la última carta que te escribo….

Quizá sea la brisa velada que hoy me envuelve, la que haya traído entre sus perfumes un atisbo de nostalgia, pero hoy me he acordado de ti. En frente de mí, el mar golpea azarosamente la orilla en un vaivén de olas violentas, produciendo aquel sonido que, durante tantas noches, protagonizó nuestra banda sonora. Es una melodía extraña, capaz de transportarme a un tiempo lejano, en el que alguna vez pude saborear la sombra de la felicidad y, a la vez, producirme la más desagradable de las sensaciones… y es que mi estómago queda enredado entre cientos de nudos que no me dejan pensar con claridad. Miro hacia delante y mis ojos no pueden hacer más que fundirse con la inmensidad de aquel intenso azul, aún me sigue protegiendo las veces que la soledad decide acompañarme. Será por eso por lo que en este instante decidí dedicarte unas líneas, a pesar de que la cuartilla de papel intente escapar resbalándose de entre mis dedos con el deseo de volar hacia ninguna parte.

El cielo va tornándose cada vez más oscuro, adquiriendo las tonalidades más bellas que alguna vez pude observar. Como habrás podido deducir, sí, contemplo un atardecer. Siempre me gustó su color azul violáceo justamente antes de que la luna decidiese asomarse tímidamente a vislumbrarnos. ¿Recuerdas? Solías burlarte de mí porque decías que la escala de rosas del cielo imitaba a la perfección el rubor de mis mejillas, cuando acostumbrabas a dedicarme algún piropo robado. Y tenías razón, nunca supe disimularlo.

Pero eso ya no importa, pues no tendré que volver a enfrentarme al reto de mantenerte la mirada, mientras tus ojos fijos, profundos, lograban clavarse en mí sin apenas ningún esfuerzo. Ahora es más fácil porque puedo esconderme tras el vacío de una página en blanco. No te engañes, a pesar de que son ya muchas las palabras que aquí abandoné, en verdad, no te he dicho nada. Prefiero que descifres el mensaje que cuidadosamente fui trazando en cada espacio, que interpretes el hueco que reside en ellos del mismo modo que sabías analizar cada uno de mis silencios. Quizá así, y solo de esa manera, mi pluma volvería a regalarte la sumisión que supone las confesiones escondidas en una carta.

Sentada sobre la arena, todavía fría por las caricias de un otoño que se alejaba, una joven dobla cuidadosamente el papel y lo coloca con dulzura en su bolsillo. Sabe que es muy posible que jamás encuentre el valor necesario para enviar ese secreto, pero por el momento prefiere dejarse embriagar por los aromas de una tenue brisa y observar con detenimiento el mar que se alza ante ella, pues entre las aguas azuladas un rayo de sol decide perecer con el último de sus suspiros, hasta desparecer por completo en la intensidad de la noche. Y lo hará con un brillante resplandor, semejante al de una lágrima que se desliza y cae sobre la arena… la cual, todavía está fría.

 

 

 

(Él)

La verdad es que no sé muy bien cómo empezar y quizá por eso éste sea el más sencillo de los principios.

La pasada noche, fugaz como un rayo de luna, tu recuerdo me acarició con una delicadeza, que creí que no volvería a sentir jamás si no provenía de la yema de tus dedos. Quizá por ello, he decidido aprovechar los últimos destellos de optimismo que me queden para escribir esta carta, antes de que el estrés y la ajetreada vida de ciudad comiencen a contaminar la ligereza de mis palabras. Y es que la inspiración llega por sí sola, sin hacer ruido y sin un aviso de antemano, simplemente es capaz de inundar mi mente como por arte de magia, así que como suelo decir, dejaré que mi pluma vuele a su capricho por la hoja.

Ésta vez prometo no dejarme seducir por mis cálculos exactos ni entregarme a la precisión de una ecuación inacabada, arrinconaré la lógica permitiendo que sea la improvisación la que decida el comienzo y el final de este escrito. Desconozco el motivo, pero no he podido reprimir el impulso de sentarme y comenzar a escribir el cúmulo de ideas que se agolpaban en mi mente. En frente de mí, haciendo honor al espectáculo de todas las tardes, puedo observar cómo los últimos resquicios de sol se cuelan tímidamente a través de la ventana, bañando con una intensa luz dorada todo aquello que se deja acariciar por unos rayos que se van apagando poco a poco… como ya sabes, me encantan los atardeceres. Es entonces cuando esa cálida luz llega hasta mis ojos y puedo fundirme durante un segundo en la inmensidad del silencio, ya por entonces las palabras han comenzado a brotar, y como de costumbre vuelvo a someterme a ellas. Mientras, las últimas notas de un otoño dormido comienzan a tejer el comienzo del que será su final, pues el invierno está a punto de llegar y blanqueará sin piedad la dulce cabellera de mis más profundos pensamientos. En un pasado hubiera preferido esperar, a sentir la debilidad emanada de confesarte lo que siento…

El cigarrillo se consume lentamente y el fuego va devorando con un ansia voraz lo poco que queda de él, me recuerda tanto a ti. Ya solo quedan cenizas, ambos lo sabemos, pero aún creemos que se pueda renacer de ellas. ¡Qué juego tan perverso! No obstante, me embaucaría sin dudarlo ni un momento, entregaría mi orgullo y mi coraje si eso me permitiese volver a estar a tu lado… pues no sabes lo que daría yo por contemplarte aunque fuera solo un segundo, simplemente un instante.

Coge entre sus dedos el cigarrillo que anteriormente se sujetaba en sus labios temblorosos y lo deja desfallecer entre sus propias llamas, observando la ironía de semejante espectáculo. Tarde o temprano volvería a verla, de eso estaba seguro pero, ¿cuándo? El escritorio de madera vieja se resiente por el repiquetear continuo de unos dedos nerviosos, mientras que la estilográfica finaliza el trazado de la última palabra con asombrosa precisión. Es curioso, pues ni siquiera es consciente de lo que acaba de ocurrir, ¿en verdad enviaría esa carta? Por el momento, prefiere guardarla en un oscuro cajón, junto a muchas otras que durante otro tiempo decidió ocultar.

 

 

(Ella)

Hoy, caminando por la arena, mis huellas iban tejiendo en mi imaginación las más bellas historias; trazando con pulso firme cientos de palabras que alguna vez pude dedicarte. Escúchalas, por favor, deja que el susurro del silencio acaricie tu mente, que el blanco de un pensamiento vano te permita entrever el mensaje escondido entre ellas. Escúchalas porque si no se esfumarán, se desvanecerán perdiéndose para siempre en el tiempo, como un crimen premeditado. Así cada paso se hunde delicadamente en un hueco que jamás se podrá colmar, no sé si lo entiendes, pero hay espacios que no se pueden llenar, y quedan siendo simplemente eso, vacíos.

Lo confieso, pero aún no puedo comprender, y no creo que nunca logre entenderlo. ¿Es posible que te rindieras? Llevo tantos instantes muertos haciéndome la misma pregunta que la respuesta se me antoja una condena… No podría soportar la idea de que, ciertamente, me hayas abandonado. La otra noche me sorprendí a mí misma observando el firmamento perlado de brillantes estrellas, que con asombrosa fidelidad se entregaban a mis penas y buscaban sumisamente concederme lo que estaba buscando. Pero te voy a decir algo, jamás te fíes de ellas, pues nunca te dirán la verdad, sino tan solo el reflejo de lo que más ansías escuchar. Se trata de un juego, sienten envidia y por ello mienten, porque de ese modo no se desencadenará el llanto y su belleza no se verá cegada por la hermosura de una lágrima. No obstante, la última noche, decidí entregarme a la dulzura del engaño y me concedieron el resplandor de una ilusión… me dijeron que, en alguna parte, me estarías esperando.

La soledad es como un sendero de rosas blancas. Cuyos pétalos se van depositando sobre la arena húmeda tras haber sido manipuladas por las aguas poderosas; y quedan abandonadas allí, en la orilla, esperando que alguien las recoja y las tomen entre sus manos con devoción, con la esperanza de tener una oportunidad para volver a empezar. Porque, de no ser así, se marchitarán y terminarán por perecer como el recuerdo de un amor ya olvidado que lucha por renacer de nuevo… pero necesito tu ayuda. Que no desistas en el empeño, que lidies hasta que puedas saborear entre tus manos el gozo de una victoria y que nunca abandones la reyerta, por muy difícil que sea, pues no puedo ganar esta batalla sola.

En el horizonte se alzan impetuosos los últimos rayos del sol, mientras que la calma de un oleaje tranquilo arrastra entre sus aguas pequeños resplandores blancos, como pétalos de rosa. Sus cabellos revolotean con suma ligereza y su aroma se confunde con el sonido del mar… en ocasiones cree estar escuchando el susurro de un secreto en los labios de una hermosa sirena. Pero esta vez es diferente. Sus manos juegan nerviosas con la arena que tiernamente la acoge y la acaricia con dulzura, y sus ojos vuelven a perderse en el dorado de las olas, las cuales dibujan cientos de estrellas. Mientras, la cuartilla de papel todavía en blanco y sintiéndose vacía pide a la bella joven que la vista de palabras, pero ahora ella se encuentra arrodillada a los pies de la orilla recogiendo lo que parece ser una rosa blanca.

 

 

 

(Él)

Voces me susurran tu nombre, resuenan en el eco de las noches vacías y te siento tan lejos de mí… ¿Cómo llegamos a esto? Te juro que alguna vez creí haberte visto sonreír, pero quizá mis ojos me mostraron el reflejo de un deseo, el brillo y la alegría que desprendían tu hermosa sonrisa, en vez de revelarme la realidad con toda su crudeza. Sabes que nunca me gustó esconderme tras la facilidad de una mentira, pero ahora no sé qué pensar, ¿qué hacer si confieso no saberme capaz de soportar dolor semejante al que me supone tu pérdida? ¿Ves lo que estoy haciendo? Siempre preferí ocultarte una parte de mí, no permitir que pudieras contemplar por completo lo que guardaba esperando para ti, y ahora con sumisión revelaré el secreto de mi orgullo, renegaré de mis artimañas y engaños, porque el objetivo de tales ardides sintió su culminación la primera vez que mis ojos recorrieron cada ápice de tu rostro perfecto. El fin justifica los medios, y por mi parte, no creo que exista algo capaz de detenerme.

Por el momento, tan solo puedo deleitarme con el grito ahogado de bocinas que se corrompen por la ansiedad de un atasco inoportuno. Mientras, la orquesta de motores puntea con precisión y cada vez más me siento desfallecer. ¿Sabes? Desde aquí apenas se puede percibir el azul del cielo, que ha quedado corrompido por la negrura de una humareda constante, moteado sin piedad hasta el final de sus días. Alguna vez pude maravillarme recostado suavemente entre tus brazos, ya clavados mis ojos en aquel infinito azulado. Entonces, tú solías preguntarme que en qué estaba pensando, y yo no sabía que responderte pues miles de preguntas sin sentido nublaban mi pensamiento, temía hablar demasiado y no callar lo suficiente.

Creí que jamás te importó, ¿es posible que me equivocase? ¿Qué no supiese leer tus miradas veladas, escuchar el mensaje oculto entre tus cientos de silencios? Pero porqué no hablas… déjame escuchar la melodía de tu voz, permíteme fundirme con la belleza de tus palabras, pues solo así no desistiré del empeño que durante tantas noches protagonizó mis sueños, y es que yo solo quería hacerte feliz.

Te echo tanto de menos…

Se le hace extraño memorizar cada uno de sus pensamientos para después plasmarlo sobre una página en blanco. ¿Por qué no puede dejar de pensar en ella? No podía evitar imaginársela sentada en cualquier banco de un remoto parque leyendo algunas de sus palabras que con tanto amor él le dedicó. Quizás ella no lo supiera, pues en realidad, nunca se lo dijo. El indicio de una fuerte migraña comienza a retumbar y el atasco se va cerrando cada vez más, solo quiere abandonarse en su cama y perecer junto a ella expirando el último respiro. Comienza a sentir un terrible cansancio y un agobio indescriptible entumece sus sentidos. ¿Qué es esa sensación? un hueco en el estómago como el revoloteo atolondrado de pequeñas mariposas, sudores fríos, cierto temblor en las manos… Es hambre, sin duda, por lo que decide que antes de volver a su apartamento pasará por cualquier restaurante para comer algo.

 

 

(Ella)

Llegó el momento, de eso no cabe duda.

Recuerdo nuestro primer encuentro, fue en aquel banco de madera ajada que dormitaba en la profundidad de un sueño eterno. Como el placer experimentado por la traición de una rosa, nos sentábamos cada tarde para contemplar en silencio el hermoso atardecer que se cernía con dulzura sobre nosotros. En una ocasión rozaste suavemente mi mano, fue una ligera caricia, breve y fugaz, como el suspiro que se escapa por el estremecimiento que sentía cuando tus labios me tentaban. Y cuando ibas a retirar tu mano, yo agarraba firmemente cada uno de tus dedos entrelazándolos con los míos. Entonces me mirabas fijamente a los ojos, con una pícara mirada de asombro y yo me sentía morir. Creo que nadie había conseguido sonrojarme con tanta facilidad, tú lo sabías, y te gustaba poseer ese poder.

Un día, después de algunas conversaciones banales y con el peso del tiempo a nuestras espaldas, mis labios actuaron súbitamente sin que apenas me diera tiempo a pensar la pregunta que acababa de plantear, y que jamás debería haberse esculpido de palabras. Dicen que la experiencia otorga cierta sabiduría, pero en mi caso, yo seré la excepción que confirme la regla… todavía no sé porque proferí semejante estupidez. Pues desde que pronuncié la última palabra supe que una distancia se había creado entre nosotros, tus ojos se aislaron en una mirada indescifrable y tus labios comenzaron a temblar. “¿Por qué nunca me has dicho te quiero?” y quedó suspendida en el aire, sumergida en un eco infinito que no terminaba de retumbar en el vacío. Como alguna vez te dije, hay vacíos que no se pueden llenar… ni siquiera de palabras.

Pero debes entender que, cuando alguna vez te decía que te quería susurrándotelo suave en el oído, tu silencio desgarraba mi alma en cientos de pedazos, como diminutos cristales que rasgaban mis manos sin piedad cuando trataba de recogerlos en vano para reconstruirlos de nuevo. Nunca dudé de ninguno de tus besos, del calor de tus brazos que me protegían de la soledad, del valor que sentía cuando me dedicabas una de tus miradas. El frío hiere, todavía me duele la intensidad de aquellos instantes mudados de palabras, el hielo que parecía habitar en tu corazón. Solo necesitaba escucharlo de tus labios, como una delicada melodía que me amparase cuando el miedo y la inseguridad salían a mi encuentro.

El ramo de rosas que aquella tarde me regalaste, se fundía en un color rojo intenso y sus espinas, heridas, dañaban con el más dulce de los dolores. Cuando, sin contestar abandonaste nuestro banco, sus pétalos comenzaron a teñirse de blanco y la soledad volvió a encontrar su hueco en mi interior. Pero ha llegado el momento, de eso no cabe duda, pues cuando el último rayo de sol decida posarse sobre la cálida tierra, entonces, y solo entonces volveré a aquel parque, al mismo lugar, y como siempre me sentaré a esperarte hasta que vuelva a ver brillar el lucero de tus ojos y sepa que has venido a responder la pregunta que jamás tuviste el valor de confesar.

 

 

 

(Él)

¡Qué los hados de la ciencia me devuelvan la cordura, antes de que escriba lo que estoy a punto de confesar!

Todo empezó una tarde olvidada de otoño, las hojas se entregaban al delicado céfiro que aullaba impasible, y caían hermosas pereciendo antes de tocar el suelo. Que espectáculo es saberse morir y aceptarlo con sumisión… retiraste una de ellas antes de sentarte en el banco en el que cada tarde yo te esperaba. Recuerdo que la cogiste entre tus dedos y la observaste con detenimiento, parecía como si quisieses desentrañar que se escondía tras su apariencia seca y desgastada, indagar en su interior. Fuiste a decir algo pero solo un suspiro escapó de tus labios, me miraste y entonces supe en qué estabas pensando. Tras tus bellos ojos de un delicioso color miel, tu mirada contenía resignación e impotencia, y de tus manos se resbaló la hoja que antes sujetabas con tanta firmeza, aquella hojuela que tanto te recordaba a mí y que no sabías como decirlo.

Comencé a hablar y a explicarte algunos temas carentes de relevancia, pero ya por entonces tus ojos se habían perdido en un abismo oscuro, aislándose del mundo, alejándose de mí. Si tú supieras lo que pensaba cada vez que te observaba, mis ojos son tu voz, el silencio no siempre daña, debes entenderlo. No siempre pude explicarte lo que sentía. No, porque eso implicaba admitirme débil y eso es algo que no podía consentir. ¡Menuda estupidez! Ahora lo entiendo. Quizá mi error te perdiera para siempre y eso jamás podré perdonármelo ¿no lo ves? Me arrepiento con cada poro de mi piel. Nunca debí tener miedo a hablar demasiado, temía perderte, entregarme por completo y que luego desaparecieses… Quizá por ello preferí velarme detrás del misterio que suponen unas cuantas palabras vacías y otros tantos de silencios.

Y aún así sigo escondiéndome detrás del anonimato que ofrece una carta, es posible que justamente en frente de tu rostro, esculpido cuerpo y sonrisa perfecta, las palabras se trabasen como murmullos sordos incapaces de emitir un sonido coherente. Pero eso va a cambiar pues no volveré a ocultarme, y cuando oiga tu dulce voz susurrándome al oído podré confesarte que yo también siento lo mismo. Volveré a ese lugar, cuando los árboles hayan comenzado a desnudarse despojándose de sus hojas y gritaré con fuerza todo aquello que nunca me atreví a confesarte y que durante tanto tiempo me callé. Y aunque posiblemente ya sea muy tarde, esperaré impaciente el momento en el que decidas regresar a mí, como cada tarde, en aquel banco olvidado en el que tantas veces nos besamos. Esperaré, hasta sentir desgarrar mi último aliento, que se disipe mi conciencia si es necesario, pero no volveré a perderte de nuevo, nunca más. No permitiré que te resbales de mis manos, que se abrazarán firmemente a tu cintura y te suplicarán un segundo de atención, que me mires fijamente a los ojos y atiendas a lo que tengo que decirte…

Te quiero, te quiero, siempre te he querido y siempre te querré, hasta el final de mis días, y lo escucharás de mis labios y lo diré tantas veces sea necesario… te quiero.

 

Ella lo sabía. Desde un primer momento había sido consciente de que nunca reuniría el valor suficiente para enviar aquellas cartas, pues se trataban de un compromiso, de una renuncia, se sabía esclava de cada una de sus palabras. Sin embargo, aquella dulce mañana de otoño, entre el entramado de calles que por aquel entonces dibujaban la pequeña ciudad, unos tacones repiquetearon con un sonido inconfundible, el que rompe la conjura de un eterno silencio. Se sabía valiente, y como tal sus dedos dejaron caer los tres sobres en el que sería el comienzo de su viaje. En verdad esas palabras nunca le pertenecieron, siempre fueron suyas, y ahora volarían hacia el que incesantemente había sido su destino… Como siempre, junto a él.

El sonido de bocinas corrompidas continuaba su tañer en una orquesta de ruido infernal. El atasco se tornaba insoportable y él cada vez tenía más prisa ¿y si ya era demasiado tarde? Todavía corriendo se culpaba y recriminaba así mismo, entre dientes, no haber sido capaz de tomar antes semejante decisión… le faltó coraje. Esa mañana, cuando los primeros rayos de sol se colaron por su ventana y desvelaron sus párpados cansados, supo que era el momento de enviar las tres cartas que guardaba secretamente en el oscuro cajón de su escritorio. Debía encontrarla, tenía que decirle lo estúpido que había sido y lo mucho que se arrepentía por ello. Mirarla a los ojos y confesarle que se había cansado de ser el dueño de tantos silencios, los culpables de haberla perdido. Sí, no hay duda, la encontraría y le diría lo mucho que la quería. Y así, sin más, envió aquellos secretos… Para siempre, junto a ella.

 

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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