Alfred B.

Autor: Paula Díaz Altozano

El estudiante Alfred B. miraba taciturno por la ventanilla del tren. En realidad no veía nada: los grises edificios pasaban de largo, confundiéndose con el cielo algo nublado, donde el sol se adivinaba como un punto blanco difuminado. Miró su reloj: faltaban diez minutos para que empezaran las clases y era improbable que llegara a tiempo; se había despertado demasiado tarde, algo que últimamente le ocurría a menudo.

Lo cierto era que a Alfred le interesaba muy poco ir a la Universidad. Estudiaba Ciencias Políticas y pensaba que cualquier otra ocupación sería de mayor provecho para él. Las clases, en su opinión, eran absurdas. Ahora, cuando llegase, tendría que aguantar a B. y a C. en un debate sobre derecho económico, y aparentar estar interesado en el tema, lo que le resultaba insoportable.

Alfred miró el libro que tenía en las manos, pero no le apetecía leer. Al ver el nombre del autor en la portada, sintió ganas de hablar con él. Pensaba que si hubieran vivido en la misma época y hubiesen tenido ocasión de conocerse, seguro que habrían sido buenos amigos. En estas cavilaciones, Alfred empezó a escuchar la conversación de dos estudiantes que viajaban en su vagón; los conocía de vista, pues eran de su mismo curso, aunque estaban en clases diferentes. Uno de ellos hablaba muy animado sobre el trabajo que había conseguido: redactor en la sección política de un periódico local a tiempo parcial. Con gran entusiasmo, contaba que todas las mañanas durante cinco horas, se dedicaba a escribir notas de prensa en el ordenador, a partir de documentos que le mandaba el redactor jefe; y que era un trabajo bastante fácil, porque, aunque no supieras mucho de un tema específico, con aprender algunas “palabras clave”, bastaba. Además, ni siquiera tenía que firmar lo que escribía. El otro estudiante comentaba que conseguir una ocupación así era un gran paso, y que lo más importante era eso: meter la cabeza, aun cuando el puesto fuese de poca importancia, para luego ir escalando.

A Alfred se le revolvió el estómago. Cada vez que escuchaba una conversación de ese tipo –y las escuchaba muchas veces- lo invadía una desagradable sensación de opresión, como si le faltara el aliento. Creía que la gente que pensaba así era muy afortunada: parecían no tener otra preocupación que no fuera la de encontrar un trabajo, por malo que éste fuera; todo lo demás les parecía muy bien. A él le preocupaba ese “todo lo demás” y se sentía el alumno más desgraciado de la facultad.

Alfred no había reparado mucho en su porvenir. De vez en cuando se imaginaba en un ordenado despacho con cristalera, rodeado de gente orgullosa de su trabajo, encantada  –pensaba ahora- de utilizar “palabras clave”, pero no se sentía bien y en seguida pensaba en otra cosa.

Delante de él, dos chicas hablaban sobre la fiesta de graduación que tendría lugar dentro de dos meses. Las observó: estaban preocupadas porque aún no se habían comprado el vestido. Alfred rió para sus adentros. Él también se graduaba ese año, pero no iría a la ceremonia de graduación ni a la fiesta posterior. Nunca le había gustado la idea de arreglarse mucho, y menos si era para subir a un estrado enfundado en una toga negra a juego con un ridículo gorro, a recibir una banda a modo de condecoración como si de un concurso de belleza se tratara. No, definitivamente no iría. Se imaginó a las dos chicas vestidas con trajes de colores chillones y recordó las fotos de la graduación que algunos estudiantes habían subido al facebook el año anterior: los chicos, todos con traje negro, posaban más erguidos de lo habitual, porque la seriedad de la ocasión lo requería; parecían doctores eméritos en cuerpos de jóvenes dispuestos a impartir una clase magistral. Las chicas, esperpénticas, todas con vestidos a cual más extravagante, lo que les hacía prácticamente irreconocibles, mostraban una común expresión de inestabilidad, pues a duras penas podían mantener el equilibrio por causa de los descomunales tacones de los zapatos que se habían puesto. Después de la ceremonia, todos posaban en grandes grupos, como si fueran los mejores amigos del mundo. Esas fotos le parecían a Alfred… artificiales; sí, esa era la palabra, algo así como las fotos de boda, incluso peor. Pero no solo las fotos eran “artificiales”; después de la condecoración todos se reunirían con los profesores; sonrisas, saludos, abrazos, palmadas en la espalda…  Algún profesor seguro que se atrevería con un breve discurso glosando lo orgulloso que se sentía todo el equipo docente de haber compartido estos años con este grupo de excepcionales alumnos, y de haberles ayudado a superar esa trascendental etapa de sus vidas –que para Alfred era de todo menos eso- ; que el esfuerzo realizado no había sido en vano y había merecido la pena; que se habían convertido en mejores personas y en excelentes profesionales; que ahora se les abría un futuro lleno de oportunidades y nuevos caminos que recorrer… y demás tonterías, que no se creía ni el que las estaba diciendo.

Las dos chicas hablaban ahora de la discoteca donde se celebraría la fiesta. Decían que era un local “que estaba muy bien”, y que si todos, aparte de los 50 euros que costaba la entrada, ponían cinco euros más, tendrían a un DJ famoso que animaba un montón. Alfred no sabía cómo era posible distinguir una discoteca “que estaba muy bien” de otra que no lo estaba tanto. Todas le parecían iguales: espacios grandes, asfixiantes y oscuros, donde apenas puedes moverte y donde es imposible hablar con nadie si no es por señas. Hacía mucho tiempo que no pisaba una y no tenía intención de volver a hacerlo por el momento. Siempre le había sorprendido el gusto de la gente por estos locales; él nunca había conseguido aguantar más de media hora seguida en ellas.

Cuando llegó a la Universidad, había pasado ya un cuarto de hora. Se levantó para salir del vagón, pero al divisar a lo lejos la mole marrón de su facultad no se sintió bien y volvió a sentarse. El edificio le recordaba a una cárcel. Los estudiantes, pequeños puntos negros dispersos moviéndose por la explanada de césped, parecían reclusos. Decidió quedarse en el tren, no quería entrar tan tarde a clase y, además, no había preparado el debate. Pensó entonces en prolongar su viaje: cinco estaciones más y llegaría al bosque de T. Allí daría un paseo.

Al apearse del tren, se encontró en una desolada y vacía estación. No se veía a nadie, a excepción de una empleada que estaba dentro de una garita. Alfred podía ver desde allí el enorme bosque, cruzado por un sendero amarillento que se perdía al llegar al final de la primera colina. Le gustó el solitario paraje, y hacia él se encaminó.

Después de media hora andando, advirtió que en un recodo, una estrecha y desdibujada vereda de tierra nacía del sendero principal y se internaba zigzagueando en la arboleda. Alfred dudó un poco: apenas se distinguía, lo que indicaba que poca gente pasaba por allí. Tras quedarse parado un momento, se internó en el bosque con ávido placer. <<Mientras el camino no desaparezca, no hay peligro de perderse>> se dijo. En aquella zona, las copas de los pinos estaban muy juntas y a la débil luz le costaba pasar entre las ramas. Esto puso un poco melancólico a Alfred, sobre todo cuando recordó la clase que estaba perdiendo en ese momento, pues sabía que aunque hoy se había librado de asistir, mañana volvería a la misma rutina.

Al llegar a un pequeño prado más iluminado, decidió descansar un poco y se tumbó de espaldas en la hierba. Miró los árboles que le rodeaban y sintió cierta envidia. –Me gustaría ser uno de ellos- pensó repetidamente- están ahí quietos, sin mayor preocupación que permanecer en el sitio. Y nadie les puede hacer ni decir nada…- . Entrecerró los ojos, pues la luz blanquecina del cielo le molestaba en contraste con las ramas oscuras. En ese instante no pudo evitar atormentarse, como le pasaba siempre que estaba sumido en sus pensamientos; pero ese desagradable sentimiento se le pasó en cuanto abrió los ojos y vio de nuevo el bosque.

Se incorporó lentamente con la cabeza embotada. Fue a dar un paso, pero sintió las piernas rígidas, como pegadas al suelo. Los pies le pesaban y parecían hundirse cada vez más en la tierra, pero él no cambiaba de posición. <<Me he mareado>> pensó, <<el paseo, el bosque y pensar en la Universidad me ha confundido>>.

De repente, Alfred se fijó en algo que lo aturdió aún más: en su mano derecha había aparecido una protuberancia marrón que se extendía con rapidez, ocultando la piel. Sin comprender nada, sintió un fuerte picor en la cintura y se rascó, pero su mano chocó con algo muy duro. Se quitó el jersey y la camiseta, y horrorizado, observó que de su piel surgía una costra, parecida a la madera agrietada, que le cubría el torso casi por completo, subiendo poco a poco hacia su cuello. Temblando, notó que algo le estiraba como si fuera una goma, y después tuvo una repentina sensación de vértigo, como si fuera a caer. Observó muy confundido la parte superior de las copas de los árboles, que se extendían como un inmenso manto de distintas tonalidades verdes cubriendo las colinas. No entendía cómo era capaz de ver a esa altura. Al mirar hacia abajo lo invadió una fría sensación de terror: donde debían estar sus piernas, había ahora un grueso tronco rugoso. Sus brazos, cubiertos por la espantosa costra marrón, se alargaban, y de sus dedos nacían cientos de ramas más estrechas, de las que surgían a su vez ramificaciones con hojas verde brillante en forma de aguja que se multiplicaban, y pequeños bultos que crecían hasta formar piñas. También de su pecho y de la espalda salían gruesas ramas en todas direcciones. La áspera corteza comenzó a cubrirle la cara. Alfred, aterrorizado, pensó que se ahogaba cuando la madera empezó a aprisionarle el rostro, pero asombrado, se dio cuenta de que podía respirar con normalidad, aunque no sabía muy bien por dónde. Y su cabeza… en realidad le era imposible saber dónde estaba, pero debía tener muchos ojos, porque era capaz de ver en todas direcciones.

<<No puede ser –pensó- aún estoy confundido. Creo que no ha sido una buena idea faltar hoy a clase. Ahora mismo volveré a la Universidad>>-. Decidido, dio un enérgico paso, pero un fuerte dolor en la pierna y en la cintura le detuvo: el costado izquierdo del tronco se había levantado un poco, sacando de la tierra algunas gruesas raíces que le mantenían sin duda anclado al suelo. Alfred se quedó quieto intentando calmarse. Sentía sus raíces profundamente hundidas en la tierra húmeda y notaba con placentera sensación una cálida sustancia que recorría todo su cuerpo hasta llegar a las agujas verdes. De vez en cuando, alguna de sus piñas se desprendía y caía sobre la maleza, pero esto no le molestaba. El tronco y las ramas estaban cubiertos por la dura corteza marrón oscura, que le picaba en algunas zonas y, sorteando las manchas que formaban los líquenes y el musgo, subían en fila diminutas hormigas atraídas por el fuerte olor de la resina segregada entre las comisuras. Algunos pajarillos se posaron piando en sus ramas, lo que tranquilizó un poco a Alfred.

Después de estudiarse a sí mismo durante un rato, miró a su alrededor: cerca de él había otros pinos y Alfred tenía la impresión de que le observaban curiosos.

-¡Eh! –gritó- ¿Me oís? Dentro de un rato volveré a transformarme y todo esto habrá pasado-.

Pero los árboles no contestaron. Se limitaban a emitir el sordo rumor de sus hojas movidas por el viento. A Alfred, sin embargo, que no dejaba de buscar conductas humanas en ellos, le parecía que conversaban y que un abeto le miraba con expresión burlona, que al estudiante le pareció hostil y poco amable. Él era más alto que el abeto, así que no le dio mucha importancia. Debajo de él, oyó una especie de susurro agudo que a él le pareció provenía de la hierba y de algunas flores silvestres que crecían a sus pies.

Se quedó un rato en silencio, acostumbrándose a su nuevo cuerpo. Del cielo empezaron a caer gruesas gotas, y Alfred intentó moverse para resguardarse, haciéndose daño en la espalda. La molestia desapareció cuando la tierra empezó a absorber la lluvia. Sintió entonces una maravillosa sensación: sus raíces empezaron a moverse lentamente, orientándose por sí solas con las estrías más finas para buscar la humedad. Succionaban el agua, que se mezclaba con la sangre de Alfred como un bálsamo benefactor que vigorizaba su cuerpo. Incluso sus hojas afiladas, independientemente de él, agradecían las gotas que resbalaban por ellas. Alfred se sentía muy bien: era fuerte, más grande y más alto que los demás árboles, invencible. Pasó un tiempo en ese estado, sin aburrirse a pesar de su quietud.

Un pensamiento asaltó la mente de Alfred: ¿qué pasaría si no volviera a convertirse en humano? Bueno, horas antes él había deseado ser un árbol, seguro que le iría mejor así; no tendría que afligirse por nada.

Alfred continuó todo el día muy entretenido. Cuando paró de llover, el cielo se despejó y se levantó viento. Dejó mecer su copa por las frescas ráfagas de aire, experiencia hasta entonces desconocida que le resultó muy agradable. El balanceo de sus ramas le provocó un estado de placidez e inconsciencia que Alfred interpretó como el sueño y así, acompañado por el misterioso murmullo del bosque, se durmió un rato.

Alfred sentía que sus problemas empezaban a formar parte del pasado. Se limitaba a permanecer en el sitio, observando lo que ocurría a su alrededor. Le agradaba escuchar los sonidos del bosque: el viento que soplaba suavemente, el continuo correr del agua de un riachuelo cercano y el ruidito que hacían las lagartijas al correr entre las hojas secas esparcidas en la maleza. Sí, verdaderamente le gustaba formar parte de la naturaleza.

Sin embargo, al caer la noche, las sombras lo envolvieron por completo. A uno y otro lado, los árboles se convirtieron en siniestros seres que agitaban levemente las ramas hacia él en actitud amenazadora, como si fueran garras. Entre sus troncos se abrían las oscuras aberturas por las que apenas se distinguía nada, y el estudiante no podía observar esas cavidades sin sentir un estremecimiento.

Al principio, Alfred intentó no pensar en nada, pero a medida que pasaba el tiempo, el miedo se apoderaba de él. Era incapaz de mantener los ojos cerrados. Miró a su alrededor: el cielo estaba empezando a cubrirse de nubes que llegaban empujadas por el viento como si fueran humo. Bajo la enorme bóveda monstruosa, la tierra aparecía más iluminada que el cielo, debido al rastro de luz que la luna escondida hacía pasar entre las nubes, dando así una claridad espectral a la fina capa de bruma que se había asentado entre los árboles. La oscuridad le parecía a Alfred angustiosa; nunca había pasado una noche en el bosque. Lo único que oía era el débil gemido del viento y pequeños crujidos en la maleza, y ese lúgubre silencio provocó en él una especie de temor supersticioso. Le parecía ver vagas sombras flotando entre la bruma, aparecidos que se disipaban al salir de los huecos que se formaban entre los árboles. Espantado, quiso asirse a algo y se atemorizó aún más cuando se dio cuenta de que no podía. La naturaleza se apoderaba de él. Aunque era un árbol como los demás, ahora se sentía impotente entre las dos temibles espesuras que le rodeaban: el bosque y las sombras del cielo. En el interior de Alfred empezaba a dibujarse lo inconcebible, que tomaba forma con siniestra claridad. A veces, inmóvil por el miedo, se quedaba mirando los árboles, y al ver la profundidad del bosque que parecía penetrar en él, creía estar soñando. Pero entonces, el suave aullido del viento le sacaba de su ensimismamiento, y dirigía la mirada extraviada al cielo, que se mostraba ante él como un gigantesco abismo. Contra el deseo imposible de huir, quedó paralizado en medio de la inmensidad. Estaba solo contra todo lo que le rodeaba.

El viento era cada vez más fuerte; el cielo estaba ya cubierto por densos nubarrones que se agolpaban y emitían sordos rugidos en la lejanía. Había empezado a caer una ligera lluvia. Más tarde, los rugidos se convirtieron en truenos y estalló una fuerte tormenta. El agua caía con una fuerza extraordinaria y la temperatura bajó de forma sensible; Alfred tenía las hojas entumecidas por el frío y las ráfagas de viento helado sacudían sus ramas violentamente, provocando que algunas se partieran. Cada vez que una se rompía con un crujido, sentía un pinchazo y después la zona descubierta le escocía como una herida abierta. No podía conciliar el sueño, era imposible, además, un temblor se había apoderado de él. En ese momento, recordó que a kilómetros del lóbrego y solitario bosque se encontraba su cálida habitación con su cama, y se sintió apesadumbrado.

Alfred se asustaba cada vez que oía un trueno o que el cielo era atravesado por un relámpago, que con su blanco resplandor iluminaba las siluetas de los árboles; nunca había sentido tan  cerca una tormenta. Ahora era parte de ella.

Un ligero olor a quemado llegó hasta él. Levantó la vista con ansiedad y distinguió que, no muy lejos, una parte del bosque se quemaba. Un rayo había caído en un árbol atravesándolo de arriba abajo, partiendo su tronco en dos mitades, una de las cuales yacía humeante en el suelo. Alfred sintió horror ante la idea de que podía haberle tocado a él y así pasó un tiempo sin quitar la vista del resplandor rojizo hasta que la fuerte lluvia apagó el fuego. La parte quemada del bosque quedó envuelta por una nube gris de cenizas, y Alfred, transpuesto, se sumió en un sueño intranquilo.

El corto sueño duró hasta que un golpeteo le despertó. El olor a quemado que tanto le había gustado cuando era estudiante seguía en el ambiente, pero ahora se le antojaba como algo espantoso. No quería mirar al árbol caído, así que siguió un rato con los ojos cerrados. El golpeteo, sin embargo, era cada vez más insistente y molesto. Alfred abrió los ojos y descubrió a un pájaro carpintero que, posado en una de sus ramas, le perforaba el tronco.

-¡Eh! –gritó Alfred agitándose-. Largo, vete.

Pero el pájaro, sin comprenderle, siguió horadando su tronco con movimientos rítmicos, haciendo el agujero cada vez más profundo. Alfred se resignó, –tampoco va a pasar nada por un pequeño agujero- se dijo. Pero después, dos ardillas juguetonas subieron en espiral por el tronco y empezaron a arrancarle piñas, algunas de las cuales no estaban secas aún, provocándole dolor al desprenderse. Les gritó, como al carpintero, que se marchasen, pero las ardillas tampoco hicieron caso y siguieron con su tarea. El pájaro carpintero continuaba golpeando la madera y Alfred empezaba a preocuparse, pues temía acabar totalmente agujereado.

Mientras esto ocurría, Alfred comenzó a notar un cosquilleo en lo que él creía eran sus piernas y espalda, y quedó horrorizado cuando advirtió que por su tronco subía lentamente una fila de orugas que no parecía tener fin y que se perdía en la maleza. Las orugas habían llegado a los agujeros hechos por el pájaro carpintero y continuaban su ascenso. Un pájaro carbonero cogió con su pico dos de ellas y rompió la cadena, pero Alfred comprobó que un momento después quedó restablecida. El ataque del pájaro las molestó, por lo que empezaron a desprender unos pelos irritantes que se metían por las hendiduras y agujeros de sus cortezas, causándole un picor insoportable. A Alfred se le nublaba la vista; desde niño sentía una gran aversión por las orugas. Intentó agitar sus ramas sin ningún resultado. Sentía ahora con mayor sensibilidad las patitas en su cuello. Las que ya habían llegado a las ramas empezaron a segregar una sustancia sedosa: estaban construyendo sus nidos, al tiempo que se alimentaban de sus verdes agujas que poco a poco se volvían marrones. Después de un rato, que a Alfred le pareció una eternidad, las orugas se encerraron en los nidos, que pendían de las ramas como bolsas que tenuemente traslucían su actividad interior. Habían desaparecido, pero la visión de los  nidos era igual de espantosa, además, el picor no cesaba y Alfred no tenía manera de rascarse.

El tiempo que pasó fue muy triste para Alfred. El cielo era más azul; en la hierba habían florecido cientos de margaritas y dientes de león, y el campo estaba bañado por el sol la mayor parte del día. Si al menos hubiera tenido a alguien cerca para hablar, si los demás árboles le hubieran comprendido, no se habría sentido tan sólo. Además, aunque prefería no pensar en ello, se daba cuenta de que cada vez llovía menos, y el agua era el único alivio que tenía contra el picor que le producían las orugas. Se sentía enfermo, abandonado a su suerte, a merced de las orugas y la sequía. A veces sentía el impulso de caminar, pero el ya conocido dolor en el tronco le paraba en seco.

Una mañana, se levantó un fuerte viento. Hasta Alfred llegaron voces humanas que, emocionado, pudo escuchar con nitidez. Se sorprendió cuando al momento vio aparecer en el prado a dos hombres con un perro que se acercaron a él. Uno de ellos, el más alto, se apoyó con una mano en el tronco y mirando hacia arriba, dijo:

-Éste tiene orugas, muchas orugas. No he conocido plaga como la de este año. Estos bichos son caprichosos y anidan en unos árboles mientras que a otros ni los tocan.

-Bueno, es verdad –dijo el otro-, pero el tronco está sano, y la altura es perfecta.

El perro husmeaba la base del tronco de Alfred, dando vueltas a su alrededor, hasta que eligió un lugar donde dejar su marca, lo que desagradó mucho a Alfred, aunque enseguida pensó que la cosa podía haber sido peor.

-Está bien, pues manos a la obra –dijo el hombre alto, cuando sacaba de una bolsa algo que Alfred no podía ver con claridad. Tiró enérgicamente de una manecilla que tenía el aparato que portaba, que pareció cobrar vida en ese momento. El estridente ruido hizo que los pájaros, asustados, revolotearan en todas direcciones y que todos los demás animales que habitaban la zona se alejaran apresuradamente, mientras el hombre iba hacia Alfred con la sierra metálica fuertemente asida con ambas manos. El hombre acercó la sierra a la base del tronco en un movimiento de prueba y Alfred sintió cómo su gruesa corteza era traspasada por el metal. Horrorizado, intentó escapar y al momento muchas de sus gruesas raíces salieron de la tierra.

-¡Vaya viento se ha levantado! –gritó el bajo-. ¡Cualquiera diría que el árbol quiere escaparse!

El viento movía con furia las ramas de Alfred. El hombre alto, que había retirado la sierra del tronco, volvió a meterla en la hendidura ya hecha. Alfred sentía un dolor cada vez más intenso. El metal le atravesaba como un escalofrío, desgarrándole. La sangre verdosa manaba de él. Su verdugo tenía las manos y el rostro salpicados de savia, pero no parecía importarle. En su desesperación, sintió que una nueva sensación le invadía: olvidando su condición de árbol y deseando con todas sus fuerzas convertirse en humano, tomó impulso y dio un gran salto, arrancando sus raíces, que surgieron de la tierra dejando un profundo agujero, mientras los dos hombres observaban estupefactos.

No escribo más por hoy, no sé si convertirlo en humano o que siga siendo un árbol. Otro día decidiré qué destino darle a Alfred; ahora voy a tomarme un café.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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