Ahora

Autor: Iván Caballero Rodríguez


Según me dijeron, todo comenzó un martes. No es que desde este suceso me gusten más los martes y todas mis historias acontezcan en este anodino día de la semana, sino que objetivamente ocurrió así.

Caminaba yo aquel día entre los naranjos del pueblo que ―según me cuentan― visitaba, cuando una paloma defecó encima de un niño. El niño, de tez blanca y cabellos rojos, emitió un profundo grito que llegó a los oídos de su padre, un fornido granjero que en esos momentos transportaba junto con su otro hijo toneladas de naranjas en un antiguo camión. A menudo las apariencias engañan, y aunque ese granjero tuviera un aspecto tosco y agresivo se trataba de un hombre sensible y entregado, que acudió rápidamente al grito de socorro de su pequeño. Abandonó él camión aún en marcha, justo cuando se dirigía al sendero por el que yo paseaba. El otro hijo, de no más de diez años (con cabello castaño y no pelirrojo) tomó el mando del vehículo, sin desviarlo mucho de la ruta que estaba siguiendo su padre.

Aunque las lenguas más morbosas (o aquellas que no conocen la historia y se anticipan con sus divagaciones mientras la cuento) aseguran que fui atropellado, lo cierto es que el informe médico y el hecho de que aún esté vivo indican algo diferente.
Debí salir del camino en cuanto me percaté de que el camión que se acercaba a mí no disminuía la velocidad, y que encima era conducido por un niño. Éste giró el volante en la misma dirección que yo y, justo después de pasar a mi lado, chocó con uno de los naranjos más antiguos de la plantación. El niño resultó ileso, pero no se puede decir lo mismo del camión ni de mí. El golpe, además de destrozar la parte delantera del viejo camión, destrozó el cerrojo de seguridad que sujetaba una de las puertas del cargamento trasero. Miles de naranjas se abalanzaron literalmente sobre mi cabeza. Me gustaría haber visto la imagen de mí mismo enterrado entre toneladas de naranjas, pero lo cierto es que me desmayé en los primeros impactos y nadie me hizo una foto.

“Usted tiene amnesia retrógrada-traumática”, dijo uno de los médicos días después del accidente. En efecto; no recuerdo nada de mi “vida anterior”, la de antes de despertarme en esa camilla de hospital. Y no culpo a la paloma, ni al niño pelirrojo o su hermano castaño, ni al entregado padre, ni al cerrojo oxidado del camión… De hecho, se lo agradezco a todos ellos. ¿Por qué? Al final de este relato lo entenderéis.

Algunos dicen que he muerto. Los que eran mis amigos y familiares (casi todos lo siguen siendo) dicen que no pueden tratarme igual que antes. No soy la misma persona si ni siquiera recuerdo quiénes eran, si me comporto de forma totalmente distinta a mi yo anterior y no comparto sus gustos y creencias.

Cuando me preguntan la edad no sé si responder que tengo treinta y dos años o cuatro meses, que es el tiempo transcurrido desde el accidente. Mi enfermedad (no sé si catalogarla como tal) es diferente al Alzheimer. Con Alzheimer la mente se va deteriorando, hasta tal punto que no recuerdas qué hiciste a lo largo del día o en los días, meses o años anteriores. Yo recuerdo con exactitud todos los días y acontecimientos que me han ocurrido desde que desperté en la camilla del hospital. Los médicos dicen que este estado puede ser transitorio, aunque algunas personas conservan esa laguna en la memoria para el resto de su vida. ¡Espero ser uno de esos afortunados!… ¿Qué ocurre?; ¿Todavía pensáis que el suceso que me ha ocurrido es más bien desafortunado? Quizás debería hablaros de mi yo anterior. En realidad no sé mucho de él. Intenté documentarme unas semanas después del accidente, pero me aburrí tanto que dejé de preguntar a la gente, de fisgonear entre sus cosas  y de ver sus monótonas fotos en las que, por cierto, nunca sonreía. Una imagen muy simple que me llevé de él es la de una persona aburrida y dependiente, con un trabajo de oficinista que le causaba estrés y pocas satisfacciones, con algunas metas o proyectos que postergaba indefinidamente. No era, por supuesto, una persona feliz.

Es curioso comprobar cómo las cosas que nos suceden y todo lo que aprendemos se guarda en nuestras neuronas y condiciona nuestra forma de ser y nuestra vida. Ahora que estoy libre de esas neuronas “grises” de mi vida anterior, me enorgullezco de que no me gusten las oficinas, ni la monotonía, ni postergar. Ahora me gusta I got life, de Nina Simone, los atardeceres con nubes rosas o amarillas, escalar y hablar con la gente. A veces me pregunto si antes del accidente ya me gustaban estas cosas, aunque no diera muestras de ello o fueran algunas de las acciones que aplazaba sin cesar, pero lo cierto es que las descubro como si fuese la primera vez. Mi actitud curiosa roza lo infantil, y esa es otra de las cosas que agradezco al accidente. Es como empezar una nueva vida, en la que sientes euforia por cada dato atractivo que aprendes, con la ventaja de que ya conoces algunas de las lecciones básicas de la infancia. Puedo recordar algunas habilidades psicomotrices más o menos complejas, como leer y escribir, freír un huevo sin que se rompa, conducir (aunque haya olvidado la mitad de las reglas de circulación) o tocar algunas melodías a piano como dicen que solía hacer en la adolescencia. Recuerdo también datos objetivos que aseguro no haber aprendido después del accidente, como cuál es el director de Luces de la ciudad, dónde se encuentra Nueva Zelanda en un mapa o por qué es conocido el 4 de julio en Estados Unidos. Por el contrario, he olvidado, como ya sabéis, cuáles eran mis gustos y aficiones, las cosas que pensaba día a día, los lugares que frecuentaba y mi relación con familiares y amigos. Aunque me “sonara” ligeramente, no recordaba si quiera el nombre ni el rostro de mi hermana, la única hermana que tengo. Esa es otra de las cosas que agradezco a mi amnesia retrógrada-traumática. Según mi hermana, nunca hemos estado tan unidos como hasta ahora, y me pregunto cómo antes pude vivir alejado de ella, si todas sus cualidades me parecen interesantes, me entretienen, me asombran, me hacen feliz.

Quizá el trato con mi hermana formase parte de esa interminable lista de tareas pendientes que nunca parecían oportunas para llevarse a cabo en esos momentos. Supongo que, como muchas otras personas, esperaba, y esperaba, y esperaba a que ocurriera algo… Y en mi caso, ¡vaya si ocurrió! Cada día estoy más seguro de que mi viaje a ese pueblo ―de la provincia de Salamanca, por cierto― no fue una casualidad. Mis amigos, familiares y ex compañeros de trabajo no saben por qué viajé aquel martes yo solo a ese pueblo de gente honrada y olor a naranja. Supongo que estaba buscando ese “algo” que tanto ansiaba. Por eso no creo tampoco que fuese una casualidad que a una paloma le entrasen ganas de hacer sus necesidades encima de un niño despistado y asustadizo, ni que su padre fuera impulsivo y entregado, ni que el otro hijo fuera rebelde, aventurero y tuviera instintos asesinos, ni que los cerrojos de los viejos camiones se oxiden y fracturen, ni que se junten todos esos factores y yo en el mismo día. El destino (o la casualidad inexorable, o como quieras llamarlo) me dio lo que le pedí.

Hay quien dice que no puedes ser feliz si no tienes sueños. Yo creo que no basta sólo con tenerlos; hay que ejecutar las acciones que te lleven a conseguirlos. Aunque aún me esté formando a mis “cuatro meses” de edad y no tenga todavía sueños muy ambiciosos, procuro hacer inmediatamente las cosas que me apetece hacer, porque eso también son sueños.

Si me apetece pintar, pinto; si me apetece ir al campo, voy; si me apetece trabajar en un restaurante italiano, hago una lista de las cosas que podría hacer para conseguirlo y empiezo a hacerlas ahora.
Cuando investigué acerca de mi yo anterior, miré algunos de sus libros. Muchos de ellos (que por cierto, regalé) eran de autoayuda. Algunos prometían en el resumen de la contraportada que enseñarían a vivir aprovechando y disfrutando el presente. Es curioso que la palabra presente signifique también regalo. Ahora es la forma más inmediata de presente, así que debe tratarse de un regalo muy grande.
No es que desde el suceso que les he narrado me haya enamorado de la palabra ahora y todas mis historias incluyan este vocablo como un sinónimo de regalo, sino que creo objetivamente que es así.

Esta entrada fue publicada en Concurso curso 2012- 2013. Guarda el enlace permanente.

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