Pánico y nostalgia en Moscú

Autor: Gemma García Arribas

Los párpados me pesaban pero mis pupilas seguían clavadas en la imitación de la alfombra de kazak que colgaba del techo. Levanté el brazo sin alzar la vista y tanteando con la mano logré alcanzar el despertador. Eran cerca de las ocho de la mañana. Decidí que era buena hora para dejar de intentar dormir. Me levanté, me puse frente a la ventana y corrí las cortinas. Por un instante me quedé observando mi famélico reflejo, el estado habitual de mi tez pálida, contrastada por las ojeras y por mi pelo tizón desgreñado. Cogí una foto de la mesilla en la que salía con mis padres y la comparé, con temor de volver a verme reflejada, con la imagen que me devolvía el cristal.

Me acerqué dos pasos más para lograr ver el paisaje, entendido no en un aspecto artístico -no había nada que admirar-, sino como una porción de terreno lúgubre y prácticamente desolado. Las farolas de la calle que todavía continuaban en pie seguían una dirección lineal, desprendiendo una luz tenue que anunciaba el final de la noche. Estas estaban repletas de carteles y láminas con sinogramas en kanji acompañadas por una imagen de unos soldados asiáticos sonrientes. Ellos se llamaban a sí mismos “los salvadores”, probablemente el mensaje fuera algo similar. Los escombros, unos sobre otros, ocupaban gran parte de la calle.

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«La momia que cambiaba todas sus riquezas por unas tijeras que corten»

Autor: Vanesa Rodríguez Tembrás

Se había quedado dormida desde la caída del Imperio Romano hasta el crack del 29. Por entonces se escuchaban lamentos y lloros y «¿por qué, oh Dios mío, por qué?» durante todo el día. El sonido sutil de una mano aflojándose el nudo de la corbata o secándose el sudor. De vez en cuando, se sobresaltaba con un golpe seco en el suelo. Ruidos de sirenas, más gritos y un silencio vaciador de almas.

El siguiente retumbo que la sacudió de su eterno letargo fue una mañana especialmente calurosa y pegajosa de agosto. Aunque allí abajo, para bien o para mal, el concepto temporal era distinto. La inmortalidad y la oscuridad tenía esas cosas. Cuarenta y ocho horas después de la primera sacudida infernal, tuvo lugar un suceso idéntico. Las monedas y alhajas saltaron por los aires, provocando una lluvia de vanidad innecesaria. Una pequeña moneda de oro se quedó pegada en uno de los pliegues a la altura de su pecho. Se agitó en su sarcófago y la placa dorada fue resbalando con dificultad hasta el borde. Ahí se quedaría, en tierra de nadie, hasta cuarenta y cuatro años después. Pero como en aquel amanecer, de un verano especialmente húmedo, nunca había oído tal.

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Para siempre eterno

Autor: Carolina Rovai

Anoche soñé con un oscuro paisaje de tinieblas, era un bosque espeso, lleno de arbustos sumergido en la oscuridad. El canturrio del búho y la suave brisa fría que recorría mi piel, me pusieron los pelos de punta. Me pareció ver a un hombre tras un árbol robusto, solo la luz de la luna reflejaba su sombra. Entonces me desperté.

Es la segunda noche en la que tengo la misma pesadilla, y ya empieza a ser un poco irritante, tengo miedo hasta de dormirme. Me levanto de la cama, son las seis y media, me apresuro para darme una ducha y desayunar. Me preparo mi desayuno diario de tostadas con mermelada, un café con leche y zumo de naranja. Miro el reloj y veo que aun me quedan cinco minutos antes de salir, así que enciendo el portátil y le envío un email a mi madre:

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Silencio

Autor: María José García López

“Hace días que la única luz que veo es la que se cuela entre los gruesos barrotes de una minúscula ventana. Creen que teniéndome aquí encerrado van a conseguir que me arrepienta de lo que he hecho, pero no. Eso nunca, ¡jamás!

Sin embargo, Rubén…

Dormita en una esquina y sé que con solo alargar la mano podría acariciarlo, pero me conformo con mirarlo mientras pienso que él no resistirá esta situación por mucho más tiempo: su férreo hermetismo y su frialdad cada vez más creciente hacia mí son lo único que hacen que reconsidere mi actuación. Pero después de unos pocos segundos, acude rauda la duda para volver a ocupar su legítimo puesto.

¿Podría haber actuado de otra forma? Tal vez, pero si así fuere, no estaría aquí cuestionándomelo, pues estaría muerto. Si la hubiese mirado a los ojos, si hubiese escuchado sus súplicas, si hubiese sentido sus lágrimas en mi piel, si hubiese…

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Hötensleben 1970

Autor: Diego García Menéndez

Un silencio sepulcral caía en el interior de la iglesia de Hötensleben y reposaba sobre la fina capa de polvo que cubría bancos, altar y el austero retablo.

Unos rayos tenues de luz fantasmagórica proyectados por focos externos traspasaban las vidrieras de cristal translúcido, dotando al ambiente de un aura capaz de inquietar al más tenaz corazón y de petrificarlo con su aire helado.

Un golpe perturbó la quietud que reinaba en la sala. Repentinamente se abrió una pequeña portezuela en el basamento del retablo. De la impenetrable oscuridad del armario se pudo escuchar una débil tos, a la vez que aparecía una mano enguantada en blanca lana.
Del hueco emergió una figura menuda y completamente albina.

Como una tiritante aparición se dirigió tambaleante hacia el fondo de la iglesia, dejando por pasillo central surcos entre el polvo, tal y como las lágrimas habían dibujado cauces sucios por sus pálidas mejillas durante casi todo un día.
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Neurosis noógena

Autor: Sonia Tello Estévez

–En esta sala vive Suicidio, pero apenas la ocupa. Dice que el color de las paredes le recuerda al de un niño carbonizado. No sabe controlar sus tendencias, pero, evidentemente, en tanto que es Suicidio, no puede hacer otra cosa que aneuronarse en ese estado constante de querer abandonar todo cuanto es. Me resulta patético, la verdad –Razón cerró la puerta con suavidad y no pudo evitar dirigir una mirada tosca a su inesperado visitante.

– ¿Alguna vez te has parado a escuchar lo que tiene que decirte sin juzgarle? Te puedo asegurar que su ceguera no es mayor que la tuya –ambos conceptos de naturaleza corpórea avanzaron hasta una nueva estancia circular, de grandes dimensiones, con bóvedas salvajes y paredes nacaradas, con decenas de arcos apuntados en los extremos que revelaban un laberinto intrincado de cámaras que se conectaban entre sí como gusanos recién alimentados. En el centro, como único elemento transgresor de la armonía, un cuadro octogonal de altura y anchura sobrenaturales en proporción y, dando sentido al marco, el retrato de una muchacha que esgrimía una sonrisa colgada entre la carcajada y la timidez más ingenua, que se repetía en todas las caras de la figura geométrica resultante.

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La Emperatriz de Alas Plateadas

Autor: Pío Antonio Puente Bernáldez

Doce años han pasado desde que el Emperador de Talas partiera hacia tierras lejanas, más allá del Gran Mar. Un día sagrado para el pueblo de los hombres aquel en el que las velas de las frágiles embarcaciones se distanciaron de la orilla hasta desaparecer. Pero los territorios descubiertos se volvieron desconfiados y en una noche brumosa, los vientos cabalgaron sobre la tierra levantando la piedra construida por el hombre. Nadie sabe qué fue del Emperador. Sin esperanzas de que se hallara vivo, el Comité de Sabios gobernaría hasta que su hija fuera adulta. Ahora Jo-Sul había crecido, aparentaba haber alcanzado la mayoría de edad. Su esbelta y tierna figura asemejaba en estatura a cualquier mujer de la región. Criada entre los altos muros de la casa de la dinastía real, apenas pudo comprobar la grandeza de las posesiones que había heredado. Según la ley, le estaba prohibido salir del palacio blanco hasta que no fuera desposada. Encerrada, solo podía visitar en su imaginario las montañas azules donde el sol descansaba, los ríos que lloraban en sus rocas o los bosques de robles que se cubrían de pétalos purpúreos y dorados, danzando con el canto de verderones. A veces llegaba alguna canción a sus oídos. Un grupo de nodrizas se encargaba de su cuidado, pero siempre manteniéndose alejadas para no resquebrajar el frío prisma que habían erigido en ella. Sentada sobre un cojín en la balconada superior, superando el reflejo de los destellos del sol sobre las tejas que cubrían el edificio, plasmaba sobre el lienzo un cielo plagado de sueños. Pero un rugido hizo que su trazo se desviara y Jo-Sul rompió la tela. El sonido de las trompetas provocó que un deseo impaciente invadiera su espíritu, fracturando algunos cristales. El centinela que la vigilaba dejó su posición y se presentó ante ella.

-Señora –dijo mientras se inclinaba y clavaba una rodilla sobre el suelo- ha llegado el momento de que sea proclamada emperatriz.

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HUANG NO TIENE ASCENSOR

Autor: : Santiago R. Puerta Bongers

Son las 12.30 de la noche. Juan abandona el salón de juego como cada día y pasea unos minutos hasta el coche, un BMW verde botella del 95. Tiene 53 años y adicción severa al juego y al tabaco. Nació en la Corea del 58 como el quinto de seis hermanos, y medio siglo después, se rige por una idea: hay puertas que ya no se abren. Mientras recorre las hileras de farolas de la autopista A-2 camino a casa, Juan –Huang– mantiene la mente en blanco, por unos minutos no es más que un volante con pedales.

Cada mañana, al verlo llegar, el camarero del salón se abotona la americana satén con prisa y le da los buenos días con rutinaria cortesía. En seguida, Juan se sienta en la butaca y se arrima el cenicero con una mano mientras, con la otra, echa mano al bolsillo del pecho. Se enciende un pitillo mientras el joven camarero le sirve un café y le coloca las fichas sobre la ruleta. A continuación Juan le tiende un billete de 50, el chico lo agarra y lo guarda en un cuenco. Cincuenta y siete segundos más tarde el chico vuelve al asiento del asiduo y le devuelve el cuenco lleno de monedas de 1€. Toma, Juan. No te lo gastes muy rápido, que está tragona, bromea el chico.

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“En vez de a Marte”

Autor: Antonio Picazo Cantos

El azar quiso que Cardenia y Doroteo se encontraran en una apacible noche veraniega y tuvieran lo que se conoce como un amor a primera vista. De esto hace ya más de veinte años, y desde ese caprichoso, mágico e inolvidable momento de delirio amoroso hasta entonces, cada vez que se volvían a mirar su amor perdía un nivel de intensidad. Tanto se fue perdiendo que llegó un momento que este terminó por desaparecer, y ninguno de los dos quiso ya volver a buscarlo. Pero en esto último no había tenido nada que ver el azar, ni mucho menos. Simplemente fue el resultado de un proceso natural de desinterés y desatención mutuo, y que terminó derivando en lo que en aquel momento era un estado de odio irreversible que paseaban sin el menor de los recatos. Quizá el remedio más lógico para solventar aquello hubiera sido el de la separación, pero no era tan sencillo. Cardenia y Doroteo se necesitaban. Desde el primer momento se dieron cuenta que estaban destinados para vivir uno al lado del otro, incluso después de que esa falsa ilusión pasional se desplomara. Pero no en un sentido romántico, o puede que sí, quien sabe… En cualquier caso, lo que sucedía era que durante aquellas dos décadas de recelos y desavenidas se había desarrollado paralelamente entre ambos una inefable conexión tan poderosa y, a la vez contradictoria, que les resultaba imposible poner en práctica el viejo refrán de “Mejor solo que mal acompañado”. De esta manera, Cardenia y Doroteo habían construido sin darse cuenta su propio nexo de unión basado en la rutinaria tarea de recordarse continuamente lo que mucho que se odiaban. Pero este no era un odio aleatorio o infundado. Estaba construido sobre los mismos cimientos de ese amor que les hizo caer una vez en un estado hipnótico y de apariencia infinita. Pero, por desgracia, este sí tuvo un final, y para Doroteo y Cardenia llegó pronto, demasiado pronto. Sin embargo, su odio era tan sincero y visceral que los convertía en la pareja más inquebrantable que pudiera existir. Era, en cierto modo, una manera de escudarse ante la soledad y la locura.

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Dueños de silencios, esclavos de palabras

Autor: Victoria Carrazoni Quiralte

(Ella)

Ha pasado ya algún tiempo desde la última vez que hablamos, y es muy posible que ésta sea la última carta que te escribo….

Quizá sea la brisa velada que hoy me envuelve, la que haya traído entre sus perfumes un atisbo de nostalgia, pero hoy me he acordado de ti. En frente de mí, el mar golpea azarosamente la orilla en un vaivén de olas violentas, produciendo aquel sonido que, durante tantas noches, protagonizó nuestra banda sonora. Es una melodía extraña, capaz de transportarme a un tiempo lejano, en el que alguna vez pude saborear la sombra de la felicidad y, a la vez, producirme la más desagradable de las sensaciones… y es que mi estómago queda enredado entre cientos de nudos que no me dejan pensar con claridad. Miro hacia delante y mis ojos no pueden hacer más que fundirse con la inmensidad de aquel intenso azul, aún me sigue protegiendo las veces que la soledad decide acompañarme. Será por eso por lo que en este instante decidí dedicarte unas líneas, a pesar de que la cuartilla de papel intente escapar resbalándose de entre mis dedos con el deseo de volar hacia ninguna parte.

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